EL RÍO DORADO (VANESA)

14-08-1999

 

Se levanta de la cama. Caliente como un aliento de vaca, esta se resiste a despedirla. Las sábanas húmedas en el aire licuado; Vanesa húmeda en el aire licuado. Estuvo soñando. Como todas las noches, como todas las mañanas, en las que ya no sabe si vive o sueña.

En este sueño las luces se encendían suavemente, tal cual se supone que lo harían en un sueño. Vanesa estaba en un estadio gigante, donde las dimensiones parecían aun más grandes que en el campo donde ella vive porque estaban comprimidas, cercadas por las tribunas y por esa arena movediza que era la gente que se agitaba, uno a uno en sus butacas, cuando sonaban los primeros acordes.

Sabe que era un sueño porque terminó. La realidad también termina... ¿Y si..? No, mejor despertarse en serio que mamá espera para hacer el desayuno.

Se lava los dientes y vuelve al cuarto caluroso a vestirse. Vanesa se pone los jeans, que se vuelven de pronto acampanados abajo y ajustados arriba. La camisa. La camisa es en un instante una blusa de satén fucsia con unas mangas que... ¡Con unas mangas...! Se cubre de collares y anillos. Sabe que los anillos y los adornos auténticos, simples, eran un símbolo más de todo aquello en ese pasado desconocido que ella anhela. Vanesa ama las flores. Para ella también significan el amor. Vanesa adora, se invade y se hunde en la música. Ella también siente que es un río donde no hay tronco al que aferrarse. Que la música la lleva, la lleva...

Se detiene —toda jean, seda y fucsia­— delante del polvoriento grabador. “Un segundo o dos, mientras me peino...” Pero rápidamente decide que no hay mucho en este pueblo campesino por lo que valga la pena peinarse. Así que recoge sus hebras de pelo negro en una descuidada cola de caballo y baja a la cocina.

Mamá está vestida y modestamente peinada. Mamá tiene esa cara que no puede abandonar más que en los días de fiesta; esa cara de algo que Vanesa solo alcanza a adivinar como insatisfacción. ¿Será que mamá alguna vez soñó con...? No. Mamá es mamá. Y papá siempre fue papá. Papá siempre trabajó en la cooperativa. Papá siempre contó camiones de papas. Inclusive antes de que ella naciera, inclusive antes de conocer a mamá.

  

—Papá, ¿qué hacías vos cuando tenías... veinte años? —Aventura una edad, por no decir la suya.

—¿Qué, Vane? ¿Cómo “qué hacía”?

—Digo, ¿ya trabajabas en la cooperativa?

—Nena, cuando yo tenía veinte años acá éramos diez familias. No había ninguna cooperativa.

—Pero... ¿y entonces qué hacías?

—Cultivaba papas, como todos. Y se las vendíamos a un tipo de Mar del Plata que hacía el trato con los exportadores y los distribuidores.

Vanesa empieza a desesperarse: una vez más, papá no entiende el punto. “Ya sé que no había televisión”, piensa, “ya sé todo eso, pero sabías algo de Woodstock, de Haight Ashbury, de las bandas que sonaban en las radios de los que tenían una radio...”

 

—Teníamos una radio. Una de esas grandes de madera de las que tiene Horacio en el negocio. Escuchábamos a veces noticias de la guerra. No entendía nadie nada, pero todos escuchábamos. Acá no existía la guerra... acá no existe nada.

   Papá se queda pensando en algo. Recordando tal vez alguna visita encubierta de un novio de la tía Flor. Si la tía Flor viviera... seguro que ella... Pero no, ella murió antes de Woodstock y no tuvo tiempo de amar a Janis Joplin. Aunque también seguramente hubiera cantado Mercedes Benz con el cepillo como micrófono. Vanesa lo sabe, y se siente acompañada. Pero no es fácil ser hija única en este mundo de cuarenta manzanas donde todos los demás se pierden entre los gritos de cinco hermanos mocosos, o borrachos.

  

Vanesa deja de escuchar a papá contar historias de la radio. Mamá ya está levantando la mesa y ella se apronta a salir.

—Arreglate un poco nena. Con esos pantalones y esas mechas parecés una ciruja.

Claro, papá, cómo explicarte que estoy vestida para mi sueño, cómo decirte que la cotidiana camisa rayada es una blusa de seda fucsia, y... 

  

Vanesa sale prolijamente por la puerta, como en un día cualquiera. Camina rumbo al colegio atravesando las vías oxidadas y los campos donde las vacas, que ya lo saben todo, le preguntan una vez más a dónde va.

Al llegar al borde del arroyo, sin saber por qué, decide agarrar otro camino. Los álamos están agitados, están hablando. Cuchichean entre ellos y Vanesa trata de entender: algo sobre una visita... Raise your handle viene a la mente y es lo único que se le ocurre decir. Y lo dice.

Y los álamos mojados por la mañana la escuchan y se dan cuenta de que entiende.

Vanesa sigue su camino. No el de siempre, el que eligió hoy. Y al llegar al claro de las piedras, la ve.

  

Ella brilla dorada entre las hojas de la mañana. Tiene su blusa fucsia, sus jeans acampanados y sus anillos. Ella está ahí parada, o sentada, no sabe bien.

Y ella la mira. Janis la está mirando. A ella, a Vanesa. Y no es una ilusión. El viento le dice que no lo es, moviendo las mangas de Janis Joplin con la misma intensidad con que la empuja a ella hacia el claro.

Cree escuchar que Janis la saluda y le dice algo más que no alcanza a comprender. Vanesa pide en silencio a los álamos que se callen para poder oír. Y en medio del silencio repentino, sube como el humo de una chimenea —así de densa, así de oscura, así de etérea— la voz dulcísima y cascada de Janis en los acordes de Me & Bobby Mc Guee. El paisaje entero se mueve como la misma música. Ella se mueve; Vanesa se mueve. Las guitarras están ocultas pero están sonando. Vanesa se marea, se siente como gelatina a medio hacer.

Y finalmente ve a Janis desaparecer como apareció, quedamente, solamente una imagen. Y la música sigue. La música sigue, sigue...

El hermano de Patricia le contó que la oyó cantar en el claro una mañana, con una voz de oro, de fuego, que lo hizo llorar. El hermano de Patricia era uno de tantos adictos del pueblo. El hermano de Patricia la admiraba. A Vanesa.

 

Ella está hoy en un bar de Buenos Aires junto con una nube de músicos; pobres, hermanos y a veces borrachos; Vanesa está en un baño picándose. Vanesa está quizás muerta.

Pero tocó el cielo. Cantó para muchos y para pocos. Vanesa le creyó al hermano de Patricia cuando le habló de su voz. Porque ella vio el río dorado. Entonces —como decía el vagabundo del pueblo—si lo viste, no importa lo que digan, vos sabés que es así.

 

Vanesa se muere, Vanesa vive. Vanesa cantó para pocos y para muchos. Y a alguno de ellos los encendió. Vanesa dejó su legado. Tómalo o déjalo.

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