LA YUNTA
Suena el teléfono y finalmente se despierta. Extiende la mano y se sienta en la cama.
—¿Hola? —Mira la hora: 8:40 AM.
—Hola nene. Habla Mirta.
—Hola, ¿cómo estás?
—Bien. Llamaba para saber cómo está Pedro.
¿Para qué podría llamar Mirta, sino para saber cómo está Pedro? Mirta llama todas las mañanas, y todas las mañanas Pedro está durmiendo. Se despierta temprano, pero de todas maneras su madre no podría hablar con él. Martín está seguro de que ella llama a esa hora para no encontrar otra cosa que explique que su hijo no puede hablarle.
—Todavía duerme.
El hijo de Mirta no habla.
Martín percibe en el silencio de ella a larga distancia la desilusión o la tranquilidad de todos los días. Una contracción en el sonido de su silencio, una mudez que demuestra que lo siente, pero que aún tiene esperanzas.
Pedro no habla. Pedro no habla ni se mueve. Pedro te mira, sentado en su silla y no da señales de estar vivo. Algo en los ojos... lo único. Pero a veces parece que Pedro no quiere estar vivo. ¿A quién le parece?
La madre de Pedro termina la conversación luego de las preguntas corrientes. Martín decide que de todas formas debe levantarse y aprovechar el día para trabajar. Con calor en el aire y en el cuerpo se dirige a la cocina a poner la pava para el mate. En el medio del pasillo, donde está la mesa en la que desayunan, cenan y almuerzan, está Pedro sentado en su silla. La primera impresión que tiene Martín al verlo cada mañana, se repite una vez más: un muñeco de nieve, frío y blanco con un par de botones negros en los ojos, que brillan fulgurantes destacándose al sol. Un muñeco inerte, acuoso y sorpresivo. Casi al mismo tiempo siente repugnancia frente a esa imagen. La odia. Martín sabe que más allá de ese lapsus, él es el único que ve a Pedro de una forma normal. Es consciente de que ese mutismo y esa inmovilidad no son corrientes; pero sí normales. La no—expresión de Pedro es para él una de tantas expresiones en este mundo azul de luces, hielo y confusión. A veces hasta lo envidia; Martín siente que desde que Pedro se quedó así, cuando tenía doce años, se está gestando en él algo grande; algo muy fuerte debe estar madurando dentro de ese cuerpo que crece crudo, casi sin vida aparente. Lo sabe sin esperanza intelectualizada; él no espera que de pronto empiece Pedro a hablar y moverse, retomando lo que dejó hace trece años como si nada. Pero sabe como una certeza interna, en el estómago, como los animales saben que se acerca la tormenta, que un día algo va a pasar.
—Hola Pedrito... Calor, ¿eh?
Pone la pava roja en el fuego y se queda mirándola un rato mientras viene a su mente la imagen del barranco; todo el sueño se reproduce rápidamente y percibe detalles que no recordaba cuando contestó el teléfono e hizo el recuento obligatorio. Por ejemplo una iguana de esas que despliegan un abanico alrededor del cuello cuando toman sol; o el color del cielo que no era azul, sino verde esmeralda, y en una zona, casi tocando el horizonte rocoso, una especie de cara formada por nubes. No; no son nubes, es otra cosa, algo más espeso, metálico.
—Y la cara de metal estaba encima de un cerro bajo, casi tocándolo; mejor dicho, como si saliera del cerro, como si la piedra se transformara en metal, pero de aire. Algo muy raro— explica.
Pedro chupa la bombilla del mate que Martín sostiene frente a su cara. Como todo el mundo, toma una vez por ronda.
Cuando pidió que lo trajeran a Buenos Aires a vivir con Martín sabía a qué se atenía: las lágrimas de Mirta, las dudas de toda la familia: si Martín va a poder con él, qué vida va a hacer, solo todo el día; en fin, cómo se va manejar. Pero todos sabían que Pedro estaba cansado de sus cuidados. Y en el fondo, como un secreto personal que nadie decía pero todos compartían, también que Pedro podía solo.
Nunca nadie lo veía moverse por sus propios medios. Pero si lo dejaban sentado en el living a la noche, a la mañana dormía en su cama con el pijama puesto; y si al rato iban a la cocina, él estaba ya vestido sentado a la mesa.
Al principio habían probado quedarse un día entero al lado de él, para ver cómo hacía; pero ahí simplemente Pedro no se movía. Pensaron que se haría pis encima si nadie lo llevaba al baño; pero nada de eso ocurría, él simplemente aguantaba.
Los médicos dijeron que era un caso de origen psicológico, algún shock tal vez. Los psiquiatras dijeron que debían verlo los médicos, porque había alguna rareza física. Y así pasaron varios años, de consultorio en consultorio, y con el correr del tiempo iba creciendo ese brillo en los ojos de Pedro que llegó a asustar a toda la familia. Sus ojos eran cada vez más negros y más profundos.
Martín iba a visitarlo cada vez que volvía a su casa de Coronel Suárez. Como las familias vivían en casas contiguas, ellos se pasaban las horas tomando mate o cerveza, y comunicándose. Martín sentía que con el correr del tiempo —de los últimos tiempos— su vínculo se iba haciendo más sólido, algo diferente de una amistad de infancia los unía. Lo sabía al verse en la negrura de sus ojos. Se veía a sí mismo, aun sin ser reflejado.
Fue en una de esas visitas. Cuando en la familia de Pedro mamá, papá y las chicas casi se habían resignado a tener de por vida una planta más en casa a la que trataban como hermano o como hijo porque aún lo querían, llegó Martín a la ciudad. Y esa tarde, cuando por casualidad estaban todos en la cocina, Pedro habló.
—Me voy a vivir con Martín a Buenos Aires. —Y siguió mirando fijamente la hornalla que mamá estaba por encender.
Trataron durante días de hacerlo volver a hablar, moverse, preguntándole cosas, enojándose por su desconsideración. Todos se sentían engañados: Pedro podía entonces hablar y estaba perfectamente lúcido. Finalmente, preguntaron resignados a Martín si lo aceptaba.
Martín aceptó. Martín entendía. El sabía y sabe que las apariencias engañan.
—No sé bien cómo, pero ya voy a encontrar la manera de hacer algo original. Porque hay miles de películas sobre sueños... La de Kurosawa es bárbara por ejemplo, pero yo quiero hablar de la persona en relación con su sueño. Kurosawa muestra los sueños y no a los soñadores; es diferente. Yo no creo que los sueños sean una vida paralela ni un escape del inconsciente. Creo que es una sola cosa: uno vive dentro y fuera de los sueños..., o de la realidad; es lo mismo.
Nota el movimiento detrás de las pupilas de Pedro. Él tiene que entender a qué se refiere. Le ceba otro mate como instándolo a que dé su respuesta.
Pedro lo mira fijamente: quiere que siga hablando.
—El tema que me ronda es que no hay dos realidades, o una realidad y un mundo de los sueños. Lo que pienso se acerca a lo que cuenta Castaneda en “Las enseñanzas de Don Juan”. Lo leíste, ¿no?
Pedro lo leyó. Martín sigue:
—No concuerdo en un todo con él; pero, ahora que lo pienso, él llama a la nueva realidad de la que habla “realidad no ordinaria” pero no dice en ningún momento que no sea la misma que la ordinaria, porque se compone de los mismos elementos. Lo único diferente es la forma de percepción.
Martín toma otro mate y enciende un cigarrillo. Mira a través de las ventanas altas el cielo celeste entre los edificios. No puede dejar de notar que todo se presenta tan normal, tan real... Incluso el humo de su cigarrillo, flotando siempre distinto, destacando fracciones de segundos en la mañana, es más de lo mismo.
Los colores, las formas y el tiempo se complotan para un avance quieto de la materia. Todo es materia, todo es luz. De eso se trata. Y la acción es un consuelo del hombre frente a la posibilidad. Lo posible es infinito; lo asusta, lo conmueve, lo apena. La acción parcela lo posible, destaca áreas y las explica. Allí el hombre se siente completar. Deja fuera los monstruos y aquieta su conciencia.
Martín suspira.
—Pero hasta que tenga algo bueno, para comer tengo que seguir con los guiones del cable. Y ya estoy bastante atrasado. —Hace una pausa tocándose el pelo con un gesto que le es propio—. Pero no te preocupes que las ideas ya están saliendo. Falta poco para que se condensen y salgan claras, lo presiento.
Pedro ve como Martín se ilumina. La piel se vuelve transparente y brillan las líneas de su cara cuando habla de este tema. “Falta poco para que las ideas se ordenen”... Las ideas ya están ordenadas; porque no son cosas separadas, porque es algo que está latiendo dentro de Martín.
Pasa el tiempo y el guion va tomando forma. Los días se suceden como desprendiéndose de todos estos años de mudez y silencio incomprendido.
Cada vez es más el tiempo que los amigos pasan juntos. En el pasillo bajo la ventana, tomando mate y escuchando la luna salir y volver a salir, Martín escribe y Pedro observa. Martín no dejó de trabajar para el canal de cable, por lo que cada vez duerme menos. Su piel es cada vez más blanca y fuma de día y de noche. Pero nadie sabe cómo, siempre obtiene nuevas fuerzas para seguir. Dice que escribir su guion no lo cansa, como si durante ese tiempo realmente estuviera durmiendo.
A veces, al volver del trabajo en medio de la tarde, encuentra a Pedro en la cama, profundamente dormido en un horario para él inusual. Pero minutos después, al volver del baño o la cocina lo encuentra sentado en su silla, esperándolo sin que él le haya dicho una palabra.
—Hoy me di cuenta de que no puedo escribir más que en casa.
La noche está fresca y el viento habla entre las esquinas de la ciudad. Martín mira las paredes descascaradas del pasillo iluminadas por las velas, donde la humedad de otros años dibujó historias de colores oscuros y marinos.
—Esta casa tiene algo. Algo bueno... como un espíritu. Sí, tiene espíritu.
Pedro está temblando en la semiluz. Tiembla sin frío. Y Martín sigue escribiendo y consultando.
Pasó más tiempo del que pensaba. Pero finalmente el guion ganó el concurso y obtuvo el crédito para su realización. Martín iba a hacer la codirección con un amigo algo más experimentado. Comenzaba la fiebre del rodaje; esos tiempos de corridas y angustias que se meten en el cuerpo junto con ráfagas de calor y justifican la vida. Martín se preparaba para grandes acontecimientos. Y dentro suyo ya estaban gestándose nuevas ideas. Un nuevo guion le corría por la sangre abriéndose paso dentro de éste.
Una noche había notado a Pedro más excitado que de costumbre. Sentados en la escalera de la entrada tomaban vino y olían el perfume de los jazmines de la casa de al lado. Ahora parecía más tranquilo. Pero había algo en él..., algo que lo hizo decir:
—¿Sabés qué? Sin nuestras charlas creo que no hubiera podido hacer el guion. No hubiera salido tan consistente. Bueno, ya sé que no charlamos; que vos tendrás mil cosas para decir y yo te interpreto como quiero...
—Un viejo vive solo en una montaña que fue construyendo con los recuerdos de su vida y un día se da cuenta de que será eterno.
De pronto, Martín siente un vacío en todos lados, dentro y fuera de su cuerpo. Algo empieza a rugir a punto de estallar. ¡Pedro habló! Habló con la misma tranquilidad de las estrellas que los miran. Pedro levantó su vaso y tomó vino. Respiró profundamente.
Martín no se dio cuenta de esto último porque hubo algo que lo impactó más. Como saliendo de una niebla le dijo con un hilo de voz:
—Esa... ésa es la idea de mi próximo guion. ¿Qué..?
—Vos mismo lo dijiste. Sin mí no hubieras podido. Y yo sin vos tampoco.
Pedro sonrió con todo el cuerpo y Martín finalmente escuchó la explosión. Todo estalló en el momento en que comprendió: la ausencia de cansancio, las ideas llegando en forma tan extraña y sólo en casa, el brillo negro en los ojos de Pedro, la cara metálica del sueño del barranco; todo cerraba. Y todos estos años Pedro...
—¿Por qué tardaste tanto? —quiso saber.
—Fue necesario. El proceso es largo, interminable.
Martín descorchó otra botella de vino y su aroma áspero se mezcló con el de los jazmines.
“Manos a la obra”, fue lo último que dijo Pedro por mucho tiempo.
Y Martín fue a buscar su cuaderno.
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