LA GRAN BRUMA
Buenos Aires, 26 -11-2004
Sobre la ciudad flotaba una bruma.
Decir que flotaba sería en realidad inexacto, impreciso; más bien la tapaba, colgaba sobre ella como aplastándola.
Durante mucho tiempo había estado bajando sobre la ciudad, formándose de a poco con pequeños vapores y gotas que escapaban a su destino marino y se volvían gaseosas. Algunos charquitos de alcantarilla se rebelaban frente a la idea de ser tomados por un hilo de agua pasajero y dejaban que un triste sol los evaporara, sorbiendo toda su integridad. Sin oponer resistencia, algunos otros pequeños caudales se dejaban desviar por la bruma que había empezado a formarse y ascendían con ella.
Y así, con el tiempo, se formó la gran bruma, el vestido gris y pegajoso que adornaba esta ciudad.
Nadie se había dado cuenta de qué era lo que estaba pasando. El proceso era lento y seguro y, también por eso, casi imperceptible. La gente realizaba sus habituales tareas, todos actuaban de acuerdo a su propio plan, sin dejar que la idea de la bruma que se estaba formando los perturbara. Durante mucho tiempo, ni siquiera se habían dado cuenta y tampoco lo comentaban.
Pero de a poco algunos habitantes de la ciudad empezaron a notar que sus plantas reblandecían en sus ventanas y sus balcones; otros empezaron a sentir que el tiempo estaba demasiado húmedo este otoño; algunos más se encontraban demasiado pálidos para lo normal. Al comienzo parecían hechos aislados, eran percepciones individuales que eran tomadas por cada uno como un síntoma de cualquier otra cosa o como un hecho en sí. «Tal vez las estoy regando demasiado», pensaba uno. «Tal vez es el calentamiento global», pensaba el otro. Y los de más allá creían que se habían contagiado una gripe que se hacía recurrente.
Pero quien más quien menos la gente empezó a comunicarse. Comenzaron a oírse comentarios de lo que pasaba, «¿A vos te pasa también?», y los habitantes comparaban opiniones sobre lo que les ocurría. La red de comentarios se agrandó y extendió a una franja considerable de la población. Y lentamente comenzaron a surgir proyectos de investigación sobre el tema. Ahora sí veían la bruma, sorprendidos, como si nunca hubiera estado allí, como si alguien la hubiera pintado una madrugada sobre la ciudad cuando todos dormían y la hubiera dejado ahí.
Los proyectos de investigación dejaron lugar al gran proyecto: remover la bruma de la ciudad.
Poco a poco, toda la gente preocupada del lugar se juntó para ofrecer ideas de cómo quitar la bruma. Se escucharon sensateces y también todo tipo de locuras. Pero todas fueron escuchadas y analizadas, estudiadas y probadas en pequeña escala. Los grupos se dejaban influir por sus intuiciones y también por las pruebas.
Con el tiempo fueron juntando todos los elementos necesarios, entre los que se contaban por ejemplo unos gritos paralizantes, estufas de gas, reflejos de sol del mediodía, miles de encendedores, bailes grupales, una máquina de dar buenas palizas, dispositivos de evaporación rápida creados por un laboratorio, canciones con letra y sin ella, generadores de calor a cuerda, risas auténticas y muchas otras cosas.
Los habitantes juntaron todo para iniciar el proceso de remoción de la bruma. Sabían que sería largo, pero estaban esperanzados. Así que comenzaron a juntarse en reuniones donde ponían en práctica el plan que habían trazado y liberaban los gritos, encendían los encendedores, bailaban bajo la bruma y se quedaban dormidos cantando.
Luego de un tiempo, una tarde una niña descubrió un pequeño rayo de sol sobre su zapatilla. Avisó a su mamá; luego ella avisó a los que estaban cerca y rápidamente se corrió la voz.
Cada día alguien más descubría un agujerito en la bruma, un pequeño resquicio por el que se filtraban la luz y el tímido calor del sol. Sentían un furor que hacía tiempo no tenían; todo un mundo de posibilidades se abría ante la expectativa de remover la bruma y las evidencias del avance. Y los agujeritos se hicieron cada vez más grandes, dejando pasar más y más sol cada día.
Un día notaron que el cielo se había descubierto casi por completo. Y sintiéndose fuertes y sanos siguieron con su tarea.
En eso están todavía.
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