SUS AMIGOS VENÍAN DEL MAR

    Arraial do Cabo, 06-02-2002

 

Sus amigos venían del mar cada tanto para visitarla. 

Eran cuatro. Cada vez que uno venía el hecho quedaba grabado en la piedra de la playa. Una marca.

Como regularmente venían los cuatro juntos, las marcas iban aumentando de cuatro en cuatro. De esa forma, cualquiera del pueblo que miraba la playa podía saber si ella estaba satisfecha con los números. 

Al principio ella no se daba cuenta, no conocía el hecho de que todos los sucesos quedaban inscritos en la piedra. Pero cuando empezó a darse cuenta no le gustó. Ella podía ver las marcas de otros hechos, cosas que ocurrían a otras cosas, a otras personas y no a ella. Pero no las miraba. Solo miraba las suyas y pensaba en toda esa gente que sabía de sus amigos y de cada una de sus visitas.

La playa tenía grises de misterio. Azules, negros, plateados y algunos blancos. Sus amigos llegaban del mar entre azules y plateados. Habían venido por primera vez a su presencia para contarle las cosas del mar que nadie sabía, ni siquiera los pescadores. Ella suponía que al mirar las marcas en la piedra, la gente sabría que eran ellos y le tendría envidia. No estaba segura, y durante mucho tiempo eso no le importó.

Sus amigos eran cuatro. No eran dos pares; a veces venían de a uno, pero nunca de a dos ni de a tres. A lo sumo los cuatro juntos.

Cuando venía uno solo todo era diferente, pero no mejor. Solamente era distinta su forma de hablar, de comunicarse, y eso lo cambiaba todo. Pero ella no prefería una cosa ni la otra. Le daba igual. Sin embargo, hasta que no llegaban a sumar cuatro visitas exactas algo estaba incompleto. Y eso era también lo que la gente sabía.

Entonces comenzó a leer en la piedra los hechos ajenos, cosas que no entendía o que para ella no tenían sentido. Siguió leyendo hasta que empezó a entender. 

No le gustaba. Era desagradable ver lo que la gente hablaba y hacía. Eran historias vacías, sin contenido para ella. Solo eran formas que se repetían con pequeñas variaciones. 

Las marcas eran muy diferentes a las que dejaban las visitas de sus amigos. Ellos grababan líneas concisas, muescas profundas y claras. Pero además de esas, estaban todas las otras líneas, las de los demás, que las rodeaban sin tocarlas. 

Y en algún momento ella empezó a alterar esas líneas. De alguna forma logró desdibujar primero una punta, luego una línea más larga y luego una línea completa desde el inicio hasta el final. A veces las combinaba de una forma diferente a la original, otras movía las líneas por separado.

Con el tiempo fue alterando todo el dibujo de la piedra hasta que nada fue lo que era. 

Allí fue que se dio cuenta de que, de las muescas dejadas por sus amigos del mar, ya no aparecían nuevas. En un punto habían dejado de aparecer. 

Pero ella no podía volver atrás lo que había hecho. 

Ahora los demás no podían conocer su vida, sus visitas, su estado de ánimo...

Pero en realidad, ya no había un “los demás”.

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