BUEY PERDIDO

    —A vo’ te pasa algo. ‘Tás llorando. ¿Qué te pasa?

 

Ella había estado en la iglesia. Y antes había estado tomando vino, mucho vino. La novia extranjera de su mejor amigo -también extranjero- había venido de visita a Buenos Aires, donde éste vivía, y para sellarlo habían hecho un asado en la casa de otro amigo.

Todos llegaron tarde. Nadie trajo nada. Bueno, ella trajo el vino. Se acordó a último momento y compró los que pudo, guardando el vuelto para la segura cerveza de la noche.

Hacía calor y la situación empezó tensa. Todos se conocían; pero no todos juntos. Cada uno conocía a los otros tres. Y todos se dieron cuenta de que nadie encontraba la forma de moverse, o un sitio seguro donde sentarse.

Como los dos extranjeros eran pareja, se acompañaban torpemente en los movimientos. Un brazo por aquí, unos dedos en el pelo por allá. Flujo y reflujo de acercamientos llenando el espacio.

Ella empezó tomando vino tinto antes de que la carne estuviera lista. El otro amigo se esforzaba por demostrarse y demostrar su espacio; por hacer sentir a la visitante no como en su casa sino como en la de ellos. Delimitaba terrenos, propiedades culturales y tiempo.

Ella, con el vino, se internó en los juegos idiomáticos. Estaba salvada. Podía conectarse con unos y otros sin tener que asistir al conjunto.

Algo del perfume de amantes de otros tiempos flotaba entre ella y el amigo. El dueño de casa, quiero decir. Pero ninguno de los dos quería ir más lejos de la seguridad de los recuerdos del otro. 

La música ayudó al calor del vino. La música que era fuerte, melancólica y punk. A eso de las cuatro de la tarde ya estaban todos subidos a la carreta. Y los varones al techo, llamando a las mujeres mientras ella intentaba conseguir una erre castellana de los labios de la extranjera.

—Perrrrrro...

—¡Peggggggo..!

De nuevo.

Al final se decidieron a subir. Ella, que trató de saltar pero tenía las piernas cortas, se cayó encima de una planta espinosa. No se dio cuenta hasta la mañana siguiente, cuando vio su mano levemente infectada y con una veintena de pequeñas espinas clavadas.

 

Cuando la emoción del encuentro decayó y el grupo se disgregaba, decidió caminar las escasas manzanas que la separaban de su casa. Caminó sin tropezar, con euforia, con mucho alcohol en los músculos. Las piernas y los brazos se sentían como esponjas de goma deslizándose por la ciudad, en cuyas calles anochecía muy lentamente.

 “En verano el tiempo es más lento”, pensó. Y al mirar delante suyo vio la puerta de una iglesia. Era bastante nueva, estaba en su barrio y nunca había estado en ella. Entró, y lo hizo de forma deliberadamente ruidosa al darse cuenta de que estaban en misa. Obscena y recatada a la vez.

Se sentó en un banco del medio a escuchar. El cura era bastante joven, y le recordó sus sueños infantiles de seducir a su confesor. ¿Cuánto tiempo había pasado desde entonces?

Permaneció sentada un largo rato, le pareció que más de dos horas. Estuvo de acuerdo con la mitad de las cosas que se dijeron, y abominó la otra mitad. Se dio cuenta de que ya empezaba a pensar demasiado, por lo que decidió irse.

 

Al salir el viento algo fresco y polvoriento de la plaza le hizo cerrar los ojos húmedos. Parecía que era el calor, y no el viento, el que arremolinaba el polvo del suelo. Giró sobre sí, y empezó a adentrarse en la enorme plaza. El calor trabajaba entre las hojas de los árboles, respiraba en sus follajes escurriéndose a empellones. Había algo en el aire que parecía hablar; con ella, con su piel, con su cara.

Atravesó la plaza en diagonal hasta un espacio arbolado donde los ruidos de los autos llegaban amortiguados, y se sentó en un banco de madera roto, despintado, pero cómodo. El efecto del vino la aplastaba contra la tierra y hacía que el pelo le pesara. “Nunca debería emborracharme más allá de este punto”, se dijo, “es lo mejor”. Todo había adquirido un color luminoso y propio; todo lo que la rodeaba era una sola cosa. 

Y entonces, pasado un rato, de entre esa sensación de agua tranquila y azulada, apareció un chico. Sucio, y de unos ocho años. Se acercó a pedirle plata. Como ella no tenía monedas pero estaba fumando, él le pidió un cigarrillo. Se lo dio sin dudar, y se dio cuenta de que en otro tiempo se hubiera horrorizado; era tan chico... pero tenía esa mirada negra y opaca, algo gastada, que la hizo sentirse pequeña.

Empezaron un diálogo suave, que fluía delicado dentro de todo. 

Él fumaba, vivía aquí y allá, durmiendo en la estación de Pacífico, cuando dormía.

—Me escapé de mi mamá porque me pegaba si no traía filo. A veces la veo a mi hermana, que está como yo. Pero ella no me quiere, es muy chica todavía pa’ hacerse cargo de mí. Y yo prefiero andar solo.

—Y, ¿estás siempre en esta plaza?

—A veces. Me junto con los pibes y poray pegamos un faso.  Me gusta fumar... Y si no, le damo’ a la bolsita.

—No. No seas forro —reaccionó ella—. Yo tenía un amigo, de chica, que se murió de pegamento cuando tenía diez años. Fue en esta misma plaza.

Los dos se quedaron pensando.

—Con el porro está todo bien, manejalo. Pero prometeme que no vas a seguir con la bolsita.

—Bueno, pero si vo’ me prometé’ que va’ a volver.

—O.K. Y la próxima te traigo monedas.

 

El le contó que quería aprender algo, aunque fuera a leer y escribir. Porque “sabiendo eso, después las cosas son más fáciles”. Ella le contó de su trabajo, y de las cosas que no quería hacer.

—A vo’ te pasa algo. Estuviste llorando...

—No...

—No me mientas. Se te nota en los ojos. ¿Tu novio se metió con otra mina?

—¿Qué novio? ¡No! Me pasa... Me pasa que estoy cansada, nada más. Que tomé mucho vino y veo todo raro, y a veces me canso de este mundo.

—Sí. Ya sé. Y a veces está bueno tomarte un vino y olvidarte de todo. Te pone distinto ¿no?

 

Se llamaba Darío. Quedaron en volverse a ver, ahí por la plaza. Ella tal vez le enseñara a escribir. 

Bajó por el mundo acuoso hasta la avenida, vació su billetera en una lata de cerveza barata, escribió una nota graciosa y ridícula en inglés sobre lo que sentía en este extraño día, y la pasó por debajo de la puerta de un amigo.

 

Nunca volvió a ver a Darío. Cada tanto se sienta a fumar en ese banco de esa plaza y habla sola de bueyes perdidos.

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