LA VENTANA
Ella sólo miraba y nunca se reía. Mientras Papá trabajaba y Mamá hacía cosas en la casa o recibía vecinas quejosas que le hablaban de sus ojeras, Sofía tenía que estudiar. Claro que ya había entendido que en su cabeza había algo especial que debía servir para algo. Creía que era la memoria; sí, una memoria excepcional, como había dicho ese maestro. Y había que aprovecharla; “esta nena va a ser algo grande”, había dicho Papá. Y Sofía realmente se acordaba de todo: la cantidad de cuadritos en el vestido que la hermana de Tomás usaba los viernes, el tiempo que tardaba José en atravesar las bardas hasta el patio de Tomás y María, o la forma en que había que apilar los terrones y las ramas para hacer un iglú.
Una tarde, después de estudiar a Minos y su laberinto, agotada por tantos nombres había pedido permiso para ir a lo de María y Tomás. Antes de llegar había elegido el cascote más grande que encontró para hacer su aporte a las catacumbas de barro. No era tímida, así que se presentó sin demora y mostró en qué ventana vivía. Cuando todos dijeron que siempre la veían detrás del vidrio, ella explicó que por esos días debía memorizar los mitos griegos. Luciana, una chica muy flaca de unos nueve años se rio y dijo que estudiaba más que los otros porque estaba enamorada del maestro. Eso no era cierto, no era verdad, era sólo que Mamá y Papá querían que... Pero no alcanzó a decirlo porque Luciana y otra chica habían empezado a tirarle bolas de barro pringoso.
Había sido un juego. Sofía también se había defendido, e incluso había tenido el apoyo de los otros chicos; pero Mamá dejó muy claro que eso no era para ella. Y Sofía estudió en adelante con la ventana cerrada. Como tampoco podía acercarse a ésta, mirando desde la silla de su escritorio sólo veía en el vidrio a una nena ojinegra de bucles recortada contra la medianera gris del edificio del fondo. Una Sofía que se estiraba para mirar dentro de su cuarto, como ella se estiraba para ver los patios que no lograba alcanzar desde ese ángulo.
Un día, cansada del silencio le preguntó qué miraba. La nena dijo:
—Miro tu cuarto. Me gusta.
—¿Te gusta? ¿Por qué?
—Me gustan tus libros, los lápices, los estantes de roble; trato de leer lo que leés.
—Poseidón, Hermes, Afrodita, Hestia, Apolo...
—¡Ah!... De este lado no tengo libros—. Sofía pensó que estaba triste.
—Pero tenés amigos y sol, y tenés calles mojadas y faroles para tirarles piedras y podés sacarte el vestido y meterte en el arroyo de atrás de las panaderías.
—Pero no tengo libros. Y no puedo ir a la escuela. No puedo saber nada que no pase en estas calles.
—¿Cómo te llamás?
—Aifos.
—Parece un nombre griego. ¿Sos una ninfa?
—Depende.
Todos los días hablaban un poco. Y Aifos le mostraba a Sofía lo que con sus ojos alcanzaba de su mundo: guijarros al borde del arroyo, concursos de bolas de miga de pan, veredas escalonadas de piedra en las que se dibujaban historietas, intercambio de vidriecitos de colores como gemas escondidos en la cuadra de las panaderías. Todo un mundo de enormes desafíos coloreado por pequeños detalles luminosos.
Sofía le contaba a su vez lo que iba aprendiendo en el colegio y en sus oscuros libros: el torneo de flauta y lira entre Marsias y Apolo, de cómo Belerofonte fue injustamente maltratado por Preto a causa de Antea y debió demostrar su honor, o del don de Midas de convertir en oro todo lo que tocaba, inclusive su propia comida. Cada vez pasaron más tiempo hablando y Sofía estudiaba un poco menos para estar con Aifos un poco más.
Sin poder precisar exactamente por qué, Mamá empezó a darse cuenta de que algo pasaba; Sofía tenía los ojos más oscuros, más despiertos. Lo consultó con Papá y decidieron averiguar cuánto había estudiado últimamente, tomándole una suerte de examen casero. Pero para ese momento, para cuando Mamá subió al cuarto con papeles y una lapicera de tinta Sofía ya no estaba.
Bueno, por supuesto Mamá no se dio cuenta, porque al abrir la puerta, allí, sentada correctamente frente al escritorio estaba Aifos. Y el examen salió perfecto. Mamá quedó muy satisfecha y se lo contó a Papá. “Todos esos nombres de dioses griegos que ni yo conozco... Es terriblemente inteligente; creo que estamos haciendo bien.”
Y en el fondo de manzana, en el laberinto de patios con pasadizos hechos de barro, Tomás, María, Luciana y los otros chicos jugaban con una amiga a la que nadie venía a retar porque nadie veía; una amiga que era sólo para sus ojos, solamente un reflejo en una ventana trasera pero cuya risa divertida podía escuchar cualquiera que prestara oídos.
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