VOLVER A CASA
“El ser Hombre reside quizás en esos momentos privados, por todos compartidos, en los que sin detenernos, o parados en el tiempo registramos a nuestro gusto las impresiones que nos deja el mundo. Es un pensar formado de sensaciones donde vamos hilando impresiones de momentos, objetos, personas, lugares, palabras, arte, relaciones, delirios y supuestas realidades. Es la posibilidad de aprehensión de las cosas, de intelección. Sopesamos todo según medidas no precisas y variables. No existen constantes ni axiomas que expliquen, aunque tal vez nos afanamos en su búsqueda en esos precisos instantes.
Somos hombres porque registramos nuestras impresiones y unimos sus huellas en dibujos que nos sorprenderían de poder verlos en un papel.
¿Cómo explicar ese TODO que nos sobrepasa y que es lo único que nos une?”
Hizo estos apuntes rápido como una araña, sintiendo el andén temblar con la llegada del tren. No quería perderlo porque, a decir verdad, Pepe es un muchacho algo miedoso. Y por ser la primera vez que venía a una villa, no sabía qué podía esperar de un anochecer allí sin medio de locomoción.
Subió al segundo vagón sabiendo por experiencia que era el de fumadores. Pero de solo entrar se mareó y supo que prender un cigarrillo sería imposible y hasta asesino. Era la rush hour, como sabía Pepe que se llamaba en otros países a ese momento en el que todos vuelven; esa hora en que cualquier viaje que se haga es siempre un regreso. Las paredes de lata del tren se le antojaban seres vivos que contenían la respiración para poder retener dentro de sí a la multitud de obreros, amas de casa, oficinistas, ejecutivos, estudiantes e hijos de cualquiera de ellos, que luchaban silenciosamente por su pretendido espacio propio. Pero nadie allí bajo esas lámparas mortecinas, asfixiantes, bajo ese humo humano que idiotizaba los pensamientos hasta volverlos automáticos o abstractos, tenía derecho a respirar, y mucho menos a protestar. Una tácita ley de solidaridad -que nadie compartía- los obligaba a callar, aguantar la respiración y odiar a los otros en silencio.
Pepe -voy a decirle José, que es como le gusta que lo llamen y también es su nombre- siempre pensó que este asunto de la asfixia ferrocarrilesca no le pertenecía. El -según él- tomaba el tren cuando quería, para acortar tiempos o evitar el tráfico. Pero veía a toda esa gente que lo acompañaba como a un pelotón siguiendo las órdenes de un general contra el que no querían ni se les ocurría rebelarse, y que los obligaba precisamente a callar y aguantar sudores, calores y olores.
Pero esa tarde se le ocurrió que este imaginario general realmente no existía; que todas esas personas pensaban en ese momento justamente lo mismo que él: que ellos decidían estar allí, y, como un vicioso piensa de su vicio, podían dejarlo cuando quisieran. Pero también como él, contrariamente a lo que quisieran imaginar, todos se encontraban indefectiblemente allí.
Y pensó en las cosas que había visto ese día en la villa. También era su decisión hacer esas notas para una revista. Imaginaba en ellas la posibilidad de expresar algo de su incomprensión por la violencia del mundo. Algo menos, algo más, siempre era algo. Y quizás para él sería diferente.
Percibiendo una novedosa mezcla de olor a aceite de máquina y humo de asado recordó a las personas que había conocido sin buscarlo expresamente: el gordo dueño del kiosko-bar en el que se sentó a descansar, la mujer tosca pero hermosa que vivía con él y el hijo de ésta última.
Apenas llegar a la villa se había detenido al ver un picadito que se llevaba a cabo entre varones de edades variadas. Al escaparse la pelota en la dirección en que José se encontraba parado con la libretita en la mano, perdió los segundos necesarios para verla venir y devolverla; absorto como estaba en quién sabe qué no acertó a moverse y el hijo de la mujer hermosa -aunque sólo más tarde sabría que lo era- le gritó un insulto. José se quedó en el lugar tratando de entender hasta que otro, más grande y de mirada algo hosca, fue a buscar la pelota (vale aclararlo: José no tuvo una infancia de las más corrientes, y entre otras cosas que se le vedaron por problemas de salud estaban los partidos de fútbol. Supongo que por eso no estaba acostumbrado a la obligatoria regla, entre los aficionados, de devolver las pelotas. Pero esto no lo sabían, ni pretendían averiguarlo estos muchachos).
José siguió su camino -que todavía no conocía- tratando de asimilar este sencillo incidente. Pero no le era fácil olvidar la expresión de ese chico insultándolo. Entró un poco más en la villa, metiéndose por callecitas que se iban haciendo pequeñas y sinuosas y dejaban atrás el asfalto como algo que les era prescindible -aunque fuera obvio para él que en los días de lluvia serían poco menos que intransitables.
De la puerta de una casa de bloques grises salió una chica de unos trece años con una mochila escolar. Ante un grito de mujer que vino del interior retrocedió y volvió a salir, aún con la mochila, y con una palangana repleta de ropa húmeda que colgó de un cordel con cara de aburrimiento en menos de tres minutos. Entró una vez más y salió con un chico de la mano que según calculó José tendría siete años, y también llevaba mochila. Detrás de ellos salieron otro varón y una nena. Se arremolinaron alrededor de la chica, agarrándose de su mano libre.
Recién en ese momento ésta vio a José, quien no se había movido del poste en el que se detuvo, a pocos metros de allí. Le sonrió algo forzadamente, y se volvió para cotejar que sus hermanitos estuvieran listos. José pensó en acercarse, pero en lugar de eso se escondió más detrás del poste salvador. Algo en la mirada de esa chica -también- lo había perturbado. Al verla alejarse se preguntó si había sido buena idea venir a observar a la gente de la villa como si fuera un detective o un ladrón, sintiendo que tenía que ocultarse por no tener nada en común con este lugar.
El tren se detuvo entre dos estaciones y la mirada de José buscó un camino hasta la ventana, y vio solamente pastos y neblina. Algo más lejos, una luz blanca que parecía moverse resultó ser una casa pequeña. La humedad de la noche desdibujaba las formas de lo que pocos llamarían paisaje, compitiendo con los vapores en aumento en el interior del vagón; extraño diálogo entre un adentro y un afuera que no se entendían.
José miró a las personas que lo rodeaban, intentando captar algún cambio en sus expresiones. Nada: cara de tren en la mujer demasiado abrigada, cara de tren en el viejo con manchas en la pelada, cara de tren en la posible estudiante de universidad privada. Nada. Se preguntó qué expresión reflejaría su propia cara en ese instante.
Cerca del mediodía el trajín del almuerzo perturbó por un rato la aparente tranquilidad de la villa. A lo largo de las cuadras -era un asentamiento bastante grande- varias mujeres fueron saliendo de sus casas con fuentones, baldes y tinas. José las siguió curioso hasta que llegaron a un patio de tierra barrosa. Allí hicieron cola y una por una sacaron agua de una bomba ubicada en el centro. Algunos chicos muy sucios y otros tantos perros jugueteaban con palos alrededor de las mujeres, que metían sin ningún cuidado sus chancletas en el enorme charco de fango. José, apostado entre cajones vacíos de verdura, se dio cuenta de que ninguna reparaba en él y decidió quedarse allí hasta el fin de la operación y seguirlas de regreso. En ese momento una mujer bastante joven pasó a su lado rápidamente y se acercó a la fila con una cacerola. Con gesto agresivo quiso pasar delante del resto, argumentando cierto apuro, pero las demás mujeres no le cedieron su lugar ni escucharon sus explicaciones. Fueron inflexibles, y una de ellas respondió a su agresividad con un empujón. La muchacha -era, si no más hermosa, visiblemente más joven que el resto- tropezó empujando a otra y haciendo caer el agua de su fuente. José escuchó pronunciar un nombre de varón en medio de los gritos, pocos segundos antes de que empezara la pelea fuerte. Fueron algunos minutos en los que rodaron baldes, zapatos y mechones de pelo, todo mezclado con insultos y golpes. La joven-apurada terminó con la cara y las manos sangrando; la mujer que la empujó, rasguñada y con la camisa rota, y la que había perdido el agua con moretones en la cara y los hombros. José se extrañó al mirarla de que éstos se hubieran puesto de color violeta tan rápidamente: no comprendió por no haberlos visto antes, que esas marcas no las había producido ninguna de aquellas mujeres.
Toda esta escena le trajo a la memoria -tan solo recién en el tren- un cuento de Dalmiro Sáenz que lo había impresionado bastante en su momento. Quizás fuera por la similitud de lo sucedido con la imagen que él se formara del clima de aquel relato. Entre todos los compañeros de su viaje, de muy pocos podría decirse que vinieran de esa villa en la que en un solo día había visto tantas cosas. La gente en el vagón más bien parecía tener otras preocupaciones, otros objetivos. En cambio en el caserío el tiempo se escurría de forma diferente, como si los habitantes lo vieran pasar con la mirada -y no sintiéndolo- como se mira a un viejo que cruza lentamente una plaza.
El tiempo en el tren se estaba haciendo demasiado largo; José trataba de mirar las casas que pasaban orillando las vías, pero solamente veía aceleradas manchas violetas, dibujos violentamente violetas.
Volvió caminando detrás de algunas mujeres, fijando sus pies en las huellas que dejaba aquella de los moretones. Algunas que parecían ser sus amigas la acompañaron hasta la esquina de su casa, hablando mal de la bella-apurada y cotilleando como gallinas, intentando seguramente calmar con su arrullo a la amoretonada -que por lo que entendió José se llamaba Alicia- y ponerse de su lado. Pero Alicia no hablaba ni intentaba responder a las preguntas de las otras, que querían saber ansiosamente cosas tales como si había visto a la apurada la tarde anterior en el callejón del almacén, o si la golpearía al día siguiente para ponerla en su lugar y bajarle el copete. Alicia caminaba pesadamente entre ellas en silencio, y por su andar pudo suponer José -que no le veía la cara- que miraba pensativamente hacia adelante sin oír a las demás, y haciéndose sus propias preguntas.
El sonido opaco e intermitente de las uniones de las vías bajo las duras ruedas del tren se había acelerado y de pronto cesó por completo. obviamente para José y para el resto de los pasajeros (aunque de esto él no estaba seguro) ese tren no funcionaba muy bien: era la tercera vez que se paraba entre estaciones. Y, como a propósito para aumentar la asfixia, en la anterior parada había subido el doble de gente de la que ya estaba en el vagón colgada como podía.
José trató de imaginar cada estación como una idea para sus notas, y al trayecto entre ellas como el hilo de su pensamiento en el camino de una a otra. A menudo también su pensamiento sufría rebajas de velocidad, enviones bruscos y paros sorpresivos. Le pareció una metáfora bastante válida como para juguetear un rato y ver qué pasaba entre dos estaciones. La primera sensación que pudo percibir fue una intensa compasión: el juego empezaba.
Alicia recorrió sola los metros que restaban hasta su casa. Las mujeres no hicieron ademán de acompañarla hasta allí (como pensó después José, ella tampoco lo habría permitido y menos aun pedido), y se despidieron en la esquina. A los pocos metros de andar una de ellas que también había sufrido algunos rasguños menores en la pelea se dio vuelta y le hizo un silencioso gesto de transmisión de fuerza con el puño cerrado, levantando un poco el antebrazo. Pero Alicia ya le daba la espalda, y de todas formas no era ya en la contienda del agua en lo que estaba pensando. Quizás, como recapituló más tarde José, la otra tampoco se refería a eso.
Alicia se enjugó la frente y José, que la observaba desde la otra esquina, pudo ver más allá del color violáceo de su cara, que era hermosa. Algo grande y rústica para su gusto, pero de otra manera más hermosa aun que la joven apurada. Se arregló un poco el pelo atando la mata dura y muy negra en una rápida trenza. Se tocó con dos dedos los moretones del hombro y pareció respirar profundamente antes de abrir la puerta de su casa. Entró y la cerró sin ruido detrás de sí.
José se quedó quieto durante unos segundos como atornillado donde estaba. Quería a la vez acercarse a la casa; algo le decía que tenía que quedarse por allí. Hubiera querido tocar a la puerta de Alicia con alguna excusa y verla salir e intentar hablar con ella. Sabía que no lo haría, pero de todas formas avanzó hasta allí. Apenas había llegado a la segunda casa de la cuadra completamente desierta cuando se paró en seco al escuchar el sonido de algo como un objeto de cerámica que se rompía.
El tren arrancó tan súbita y violentamente que hizo que todos los pasajeros se tambalearan volcándose sobre quien tenían al lado, empujándose en medio del aprieto que les impedía caer al suelo.
José contuvo la respiración en silencio: no se oía nada más que el chapoteo de un gorrión en un charco estancado por largo tiempo en la tierra de la calle. Sintió miedo y observó al pajarito para tranquilizarse y no pensar en lo que pasaría, aquello en lo que de hecho estaba pensando. Cuando no podía contener más el aliento, un segundo ruido lo hizo expulsar en un instante todo el aire de sus pulmones: esta vez fue claramente un golpe seguido de un grito corto y ahogado. Un chocar de carne pesada sobre otra más débil y un grito de dolor con timbre de mujer. Tropezando con una piedra, José retomó su camino hacia la casa. Otro golpe, otro grito -ahora más fuertes- y de nuevo silencio. Se paró frente a la puerta cerrada y por un momento, sólo unos segundos, tuvo pánico; una ráfaga de “no te metas en esto, es común en estos lugares, vos no tenés nada que ver”... Pero al mismo tiempo, todo lo que creía que quería decir en sus notas; toda aquella basura que sentía dentro sin poder expresarla y contra la cual sólo podía actuar buscando un reflejo en otra parte, se le vino a los ojos. Desde su estómago se catapultó ese sentimiento que creía tan antiguo dentro de sí. ¿Era compasión? La primera explicación etimológica de esta palabra le había llegado de un libro de Kundera que había leído en un viaje “...com-padecer: sufrir/padecer con, sentir el sufrimiento con el otro.”
Tocó a la puerta con decisión.
En el vagón, en el que José no podía ver el exterior a través de ninguna ventana debido a la cantidad de abrigos, pelos y manos que lo rodeaban, un hombre se disculpó con una anciana que iba sentada encima de unos bolsos, por haberle arrancado los anteojos con el sacudón del tren. En ese momento de tránsito entre las ideas José estuvo seguro de que había sido compasión. Aunque no hubiera nada más.
Silencio. Alcanzó a oír una respiración dificultosa y trató de forzar la puerta. Pero su impulso fue demasiado: la puerta estaba sin llave y José cayó de rodillas en el suelo. Vio las patas de una silla y una mesa, y luego, a pocos pasos de él a Alicia arrinconada entre una cajonera y la pared. Su nariz y su boca chorreaban sangre de una manera que él no había visto antes -fuera de las peleas de boxeo que su padre veía por la televisión los sábados-. Iba a acercarse a ella cuando, impulsado por su mirada llena de terror, giró la vista hacia arriba. (Lo que lo había impresionado en el primer instante más que la sangre, fue la posición de Alicia, acurrucada en una postura fetal que desvanecía toda la imagen que de ella había tenido José hasta el momento; así parecía desvalida y sin fuerzas, contrastando con el porte y la decisión que mostraba en su forma de andar. Y en el segundo en que vio el terror en sus ojos se dio cuenta de que era eso, el miedo sin salida, lo único que podía hacerle perder la seguridad a una mujer como ella.)
Con la perspectiva de un bebé que mira a un adulto desde su cuna vio José parado frente a él a un hombre enorme y enfermamente gordo -obviamente el agresor ya que tenía restos de la sangre de Alicia en el dorso de su mano derecha-. Sin saber cómo tuvo tiempo y concentración suficientes, José leyó las iniciales A y A en el gran anillo que amorcillaba uno de sus dedos. En el momento en que fue levantado en vilo por las axilas sintió el ácido aroma a frito y sudor que provenía de su ropa, o directamente de su piel. El gordo lo paró y lo apoyó contra una pared sin hacer demasiada fuerza; parecía cansado, y de cualquier manera José tampoco era muy corpulento.
—No me importa quién sos, y tampoco qué hacés acá —. El aliento del gordo en su cara era peor que su olor y su vos sonaba dura pero maravillosamente calma—. Lo que sí te anticipo es que vas a salir de esta casa más rápido de lo que entraste.
Evidentemente, José no necesitó hacer cálculos ni comparaciones de pesos y medidas para saber que no era mucho lo que podía decir antes de sucumbir él también bajo la mole hedionda. Pero fue más que nada la mirada de Alicia -unos ojos no más tristes que cansados y que casi no ocultaban oscuras certezas-, y quizás la fugaz visión de las iniciales entrelazadas en el anillo como un evidente sello material de algo inmaterial, lo que hizo que José recuperara el aliento -podría decirse que bastante rápidamente; después de todo no vivía cosas como ésa todos los días- y se disculpara con la pareja (sí, con los dos; aunque por motivos internos diferentes) diciendo a continuación lo primero que le vino a la cabeza:
—Me confundí de casa.
En el vagón miraba atentamente los gestos de la anciana de los bolsos, que parecía estar constantemente masticando algo, aunque su boca aparecía demasiado hueca para tener dentro un chicle u otra cosa. Lo que sentía por la gente y la forma de vida de las villas lo rebeló. Se dio cuenta de que solamente los había presentido hasta ahora como gente en algún sentido inferior a su mundo: personas sin cultura, que habían crecido sin un marco de contención y aprendizaje, y que rebasaban continuamente límites que a José le parecían imposibles. O al menos infranqueables para él. Lo que vivió aquel día le demostró que era cierto que pensaba todo eso; pero la compasión que había sentido (definitivamente era ese sentimiento: durante un momento creía haber sufrido casi en su cuerpo el dolor de Alicia) había sido momentánea y pasajera. Algo lo separaba de todo aquello, y eso lo hacía sentirse felizmente ajeno y a salvo mirando a la vieja que mascaba bajo la luz amarilla del vagón. Para él, un varón de sosegada clase media y núcleo familiar definido, ¿cómo podía ese sentimiento no entrar en contradicción con sus creencias? ¿Qué postura adoptaría en sus notas? ¿Se limitaría a relatar, relacionar, parafrasear y hacer poesía mundana sobre los tiempos que corren? Esto lo entretuvo una o dos estaciones más.
Finalmente salió de la casa, si no más, al menos tan rápidamente como había entrado. El gordo no lo detuvo ni se molestó en dedicarle uno de sus temerarios golpes, con o sin anillo. Cuando cruzó la puerta Alicia estaba todavía en su rincón, pero en su expresión ya no percibió miedo, y tal vez tampoco resignación. José imaginó luego -cuando buscaba un consuelo mental para toda esa historia- que había tomado en ese breve contacto con él la fuerza que le hacía falta para encarar definitivamente una largamente postergada huida.
Al salir se cruzó con el chico que lo había insultado más temprano por no saber que una pelota que se escapa de la cancha debe ser pateada de regreso sin dudar. Lo miró algo receloso, pero demasiado confundido como para sentir miedo o bronca. El chico entró en la casa de Alicia, y supuso que era el hijo de ambos.
Caminó una o dos horas por el barrio sin acercarse demasiado a nadie, observando a la gente y a los perros rascarse al sol de la tarde que decaía. (Notó que todos, personas y animales se rascaban. No importaba más a unos que a otros ocultar con artilugios su picazón: algunos hombres se rascaban la entrepierna alevosamente, sin cuidado de quién los viera.) Faltando una rato para la salida de su tren -el bendito tren que lo devolvería a casa, pensó con cierto alivio- decidió tomar un café con leche en un bar ubicado en la frontera sur del asentamiento. Se sentó en una mesa mirando la extensión de pasto amarronado que lo separaba de una autopista que no conocía. Se sentía más tranquilo, pero aún confundido. De cierta forma, los acontecimientos del día le habían brindado materia para mascullar un tiempo y tratar de escribir algo.
El marido de Alicia -”A”, para él- pasó cerca de él cargando unos cajones de Coca Cola al interior del bar. Miró a José unos segundos y le preguntó secamente si iba a tomar algo. El pensó en irse, pero sintió que en realidad no tenía miedo; supo que el gordo no le haría nada en público ya que no se había interesado en lastimarlo cuando tuvo en sus manos la oportunidad de hacerlo sin espectadores. Pero lo que verdaderamente lo retuvo allí fue la presencia del hijo en una mesa cercana; jugaba con una bolita a la vez que dibujaba algo en un papel de envolver. José pidió el café y A entró con los cajones. En el ínterin el chico le había pedido algo, dirigiéndose a él como Alberto. Esto animó a José porque lo hizo suponer que no era su padre y por lo tanto podía hablar con él -que era lo que quería-. Supuso que el chico no era violento, sino bravo, sólo porque era hijo de Alicia (mucho después se dio cuenta objetivamente de que Alicia no había dado ningún signo real de bravura).
Cuando se dio cuenta de que el tren casi llegaba a su estación, estaba pensando en que el chico (finalmente habló con él, casi en voz baja, y no resultó violento) no demostraba ninguna furia. Quizá fuera que no lo hacía con extraños. Pero José recordaba sólo una constante sensación de dolor en la expresión de ese chico, aunque ninguna bronca, cuando le contaba las cosas que soportaba su madre. Había percibido inclusive cierta ironía en su relato.
Bajó del tren con la mayor parte de los pasajeros y lo vio alejarse casi vacío. Pensó en el general abandonado por sus soldados, marchando solo hacia una muerte segura. El ya no se sentía oprimido: la misma sensación de alivio de sentirse separado -en todo sentido, creía él- de la gente de la villa, hizo que se alegrara de pisar tierra firme y volver a casa. En las últimas cuadras, en la creciente familiaridad del entorno, casi sintió desprecio por la indiferencia de aquella gente frente a la violencia como forma de vida. Pensó que él jamás podría acostumbrarse a eso, a la vez sintiendo -o quizás por eso mismo- que de todas formas no habría de pasarle.
Pero puedo decirles que fueron cosas muy distintas las que sintió y escribió mi hermano José sobre la violencia (porque finalmente publicó su nota), cuando al llegar a casa se encontró conmigo esperando la ambulancia. El estado de mamá era bastante malo: no podía escuchar de un oído, tenía una o dos costillas rotas y sangraba por la nariz y la boca -como un jugador de box-. Papá, luego de un arrebato de furia (de los que nunca antes uno de nosotros dos había sido testigo, pero que según nos contó mamá eran cada vez más frecuentes) había salido sin decir donde iba.
Y por fin esa noche mamá ya no tuvo que desaparecer sorpresivamente en una de sus visitas de tres días a la abuela: yo había vuelto a casa antes de lo previsto y no quedó nada por ocultar. La historia todavía no termina, pero la que les cuento fue la noche en que esta historia empezó a cambiar.
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