NADAR POR ABAJO
Martín apareció de mañana. La mañana siempre fue para Alejandra el momento más saboreado del día, cuando todo parecía más vivo y más claro. Pero también por lo tanto, era en la mañana cuando las cosas inesperadas más la confundían.
Martín tocó el timbre del portón y fue ella quien salió a ver quién era. Contra su costumbre, no miró primero por la mirilla, sino que directamente cruzó descalza el pasto húmedo de rocío hasta el portón de la vereda. Y sólo cuando estaba a dos pasos de éste se dio cuenta de quién era el visitante.
Martín había sido un chico extraño. Tenía algunas costumbres a las que nadie hacía mucho caso, costumbres de chico solitario. Sus manías de andar solo, inventar historias sobre objetos delirantes que luego construía en el fondo del jardín, o entrar a la pileta cuando todos habían salido y quedarse larguísimos ratos soportando el frío, se volvían características raras para un chico que tenía nueve hermanos varones y una familia más bien dicharachera. En sus primeros años de vida sus padres habían notado que su carácter era distinto al de sus hermanos y primos, y trataban de incluirlo en los juegos grupales de los domingos en que había asado familiar. Pero Martín desarrolló rápidamente un proceso simultáneo de defensa, por el que se volvía quizás el más extrovertido de todos los chicos. En esas ocasiones hacía bromas que sorprendían a los adultos y causaban cierta admiración en sus primos. Sus hermanos estaban en cierta forma acostumbrados a su personalidad dual, por lo que no le prestaban especial atención.
Oscar, el padre de Martín, era el hermano mayor de Cristina, la madre de Alejandra y Pablo. Desde que Alejandra tenía memoria había sido Martín su primo preferido. O inclusive el único al que quería verdaderamente. El era cuatro años mayor que ella, pero ninguno de sus otros primos la trataba con tanta consideración, ni le daba la edad que tenía; acostumbrados a un clima de multitud y jolgorio (Oscar y su mujer eran relativamente permisivos), los nueve hermanos no ponían especial atención en su prima menor. Pablo era bastante más grande, por lo que naturalmente pertenecía a lo que Alejandra mentalmente llamaba “el otro bando”.
Y eran justamente el aire solitario de Martín y sus complicadas manías lo que atraían a Alejandra y la hacían quererlo con obstinación. Digo obstinación: Alejandra se había empecinado en conquistar a Martín porque, aunque tenía cinco o seis años (era la única edad que parecía tener en sus recuerdos), se había enamorado de él.
Como suele suceder, el enamoramiento de los chicos no presta mayor caso a edades, condiciones sociales y demás (y por lo general, puede ser tan fuerte que inclusive de adultos, aunque mucha agua haya corrido debajo del puente, recordarán aquella sensación). Pero a pesar de su edad, a Alejandra no se le escapaba el hecho de que Martín era su primo, y de que algo con respecto a su amor por él no estaba bien.
Le gustaba mirarlo en silencio armar enormes torres irregulares con hojas de plantas, alambres, maderas y plásticos en las que cada parte tenía una misteriosa función. Y cuando el verano se acababa y sólo visitaban a sus primos esporádicamente Alejandra imaginaba un destino en una de esas “máquinas” para cada desecho que encontraba en su camino. Pero lo que ella prefería sobre todo, era meterse con él en la pileta desierta. Esas tardes tenían los dos tantas picaduras de mosquitos en el cuerpo que el agua clorada y fresca era para ellos un golpe de alivio. Se zambullían desde lugares distintos, aparentando indiferencia entre sí. Cuando parecían aburridos de nadar y bucear solos uno de los dos proponía un juego. Y entonces tiraban de espaldas al agua un autito de juguete, por ejemplo, y lo buscaban a tientas por el fondo oscuro y profundo de la pileta. La idea era ver quién lo encontraba primero; pero la mayor parte de las veces, excitados por el apuro de tomar ventaja, se encontraban debajo del agua y se reían haciendo burbujas y abriendo mucho los ojos para ver la cara del otro en la negrura. Y se miraban. Subían a tomar aire y se hundían para volver a mirarse. Y el autito quieto en algún rincón ya no tenía importancia, porque Martín y Alejandra ya estaban jugando a tocarse. Muchas veces las manos; otras, ella apoyaba sus pies pequeños en los muslos de él y se trepaba hasta que sus caras quedaban juntas. Y muchas veces más, él le daba besos llenos de agua en los ojos llenos de agua.
Así subían y volvían a bajar hasta que Alejandra se sentaba encima de Martín, aplastándolo a él contra el fondo. O hasta que la mano aún infantil de Martín se metía dentro de su traje de baño, ahí abajo, y le entibiaba la piel.
Entonces como por encanto nadaban hasta el borde, saltaban al pasto y buscaban sus toallas, tiritando de frío y con los labios azules. A esa altura, ya la mamá de Martín estaba saliendo al jardín y los llamaba para ducharse. Como eran muchos comían tarde, y en el rato que quedaba antes de la cena jugaban por separado con las mejillas rojas, sin mirarse, mezclándose con el resto de los chicos.
Cuando Alejandra fue a abrir el portón esa mañana tenía veintidós años. Martín había desaparecido hacía años en el mar de Malvinas y de pronto estaba allí, en la vereda. Y lo único que podía recordar ella en ese momento era una tarde de pileta en la que él le había dicho que quería comérsela a besos. De repente fue consciente de que aquella tarde no tenía cinco ni seis años como en el resto de sus recuerdos. Aunque no podía precisar cuántos, supo que su inocencia ya no era la de una niña y que había comprendido, tal vez demasiado, las palabras de Martín.
El la miró acercarse a través de la reja del portón. Había algo cálidamente familiar en esta chica de ojos oscuros... aunque no acertaba a describirlo. Pero cuando ella dijo suavemente su nombre supo que había llegado al lugar correcto.
—¿De verdad no te acordás de nada? —le preguntó ella más tarde. Alejandra había creído olvidar tanto en el transcurso de esos años (quizás a fuerza de silencio las sensaciones parecían irse), y ahora que quería recordar era Martín el que parecía amnésico.
Cristina, la madre de ella, empleó las tardes de toda una semana (con la apática desaprobación de su marido, que no veía el motivo de querer saber más detalles) en hacerle preguntas sobre el tiempo en que estuvo ausente. Se sentaba frente a Martín en la mesa de la cocina con la tetera llena y dos tazas de por medio; le parecía que la mágica aparición de su sobrino venía a compensar de alguna manera la violenta pérdida de su hermano y su cuñada. Pero lo único que conseguía como respuesta eran miradas inquisitivas, tamborileos en el mantel, silencio o a su vez más preguntas. “¿En un accidente de auto?”, decía Martín, o si no “¿nueve hermanos?”. Parecía más interesado en conocer su propia historia que en responder cuestionarios. Cuando dijo que no sabía dónde había estado o cómo había llegado hasta allí, Cristina dejó de preguntar. Se conformó con tenerlo de vuelta y lo albergó en su casa.
—Solo sabía mi nombre y que tenía una familia en alguna parte —le dijo él a Alejandra una noche que fumaban en el jardín.
—¡Y qué familia! —se rio ella.
—¿No es muy interesante? —Martín sonreía si saber bien por qué.
—Depende —Alejandra fingió seriedad para probarlo.
Empezaron a compartir nuevamente momentos de calma, como cuando eran chicos. Solo que ahora era Martín el que permanecía con la atención expectante puesta en Alejandra, el que la observaba hacer cosas y moverse por la casa y le hacía preguntas constantemente. Y solo, también, que ya no eran chicos.
Pablo, que vivía en otro barrio con su esposa y su bebé de seis meses, no mostró excesiva emoción por la aparición de Martín. No lo veía muy cambiado: dentro de todo, su silencio y ausencia de respuestas respecto de sí mismo se le hacían similares al carácter que, según recordaba, tenía de chico. Pero aunque no enloquecido, también estaba contento. Quería mucho a Alejandra y se alegraba de verla feliz. Aun sin conocerla demasiado, sabía que su hermana sentía algo muy especial por Martín. Y fue Pablo el único al que se le ocurrió hacerse preguntas, antes de la tormenta.
Cuando hubo recuperado un poco de estabilidad emocional y conseguido un trabajo como dibujante, Martín fue a ver a sus hermanos. Alejandra le había advertido que uno de ellos era militar; “¡por voluntad propia!” se sorprendió él; “te digo que a nuestra familia hay que verla con un depende”.
Ya habían pasado un par de meses desde su aparición y ellos se lo hicieron notar. El no dio excusas y el frío recibimiento que le dieron no lo ayudó demasiado a recordarlos. Entrados en conversación, le hicieron unas cuantas preguntas sobre la guerra, si lo habían herido, si tenía conocidos en el Belgrano; si se sentía un héroe. En este punto Martín encontró cierta claridad dentro de su aturdimiento y dijo que la guerra era una mierda. Su hermano teniente de aeronáutica, que llevaba ropa de civil, se enderezó en su sitio.
—Hay puntos de vista discutibles sobre ese tema.
—No creo que deberíamos discutirlo...
—¿Por qué no? Yo no pienso como vos. Hay momentos en que una guerra...
—Una guerra es una guerra —interrumpió Martín bruscamente.
—Justamente. Y las humillaciones que nosotros pasamos durante un siglo por la soberanía de las islas...
—¡Nosotros...! ¿Qué sabés vos de humillaciones? —Martín gritó levantándose de su silla. Dio unos pasos con los puños crispados y todos permanecieron callados. Miró a su hermano a los ojos; sintió desprecio, pero sobre todo una gran distancia entre ellos.
—No voy a discutir esto con vos, ya te lo dije. Porque simplemente no acepto tu punto de vista. —Dudó un instante—. Mejor me voy.
—Eso, andate, en vez de hablar ¿no? —Su hermano le devolvió la mirada—. Creo que siempre supe que no eras verdaderamente un hermano.
Martín lo miró un momento, luego a los otros y se fue.
Estaban sentados en el piso del garage.
—Ni siquiera me importan las razones políticas. No sé qué está bien, ni qué está mal... Pero me enfurecí. No sé... ¡Todo me enfurece...! —Se calló un momento con los puños cerrados y el llanto contenido que empezaba a salir—. Creo que él tiene razón. ¡Ni siquiera se movieron! No dijeron una palabra, solo se quedaron viendo cómo su hermanito loco se alteraba...
Alejandra, sentada frente a él, lo miraba con los ojos húmedos muy grandes. Ahora Martín lloraba abiertamente.
—¡La verdad es que no entiendo nada, no sé quién soy! Los recuerdos no vienen, solo tengo imágenes que me torturan. Y ya no se qué es lo real... —Sus sollozos le cortaban la respiración.
Alejandra le pasó los dedos por el pelo largo y suave. Bajó la mano hasta sus puños apretados y le abrió con ternura los dedos poniendo las suyas, más chicas, en el hueco inerte de sus palmas. Levantó los ojos y se encontró con la mirada empapada de él. Ella acercó la cara y lamió sus lágrimas; besó sus pestañas y sus párpados, un ojo, después el otro. Sentía el corazón de Martín moverse bajo la piel del torso. El rodeó su cintura y hundió su cara en el pecho caliente de ella, que ahora sentía su propio corazón golpear en él. Durante unos instantes contuvieron la respiración. Martín dijo en un susurro:
—Ahora recuerdo otras imágenes. Otras torturas.
Miró a su prima y la besó; en los labios, en los dientes, en la garganta. Hicieron el amor con la misma pasión, la misma desesperación de los seis años, los doce, los veintidós, los veintiséis. Ella se sentó encima de él y él puso su mano caliente en el cuerpo mojado de ella. Ávidos de respuestas, como si quisieran saber todo del otro en una sola noche, recuperando las hasta ahora esquivas sensaciones. Los cuerpos de ambos habían crecido, tenían penas y cicatrices; hablaban del pasado y el presente, fundiendo todas las escenas en una. Pero también hablaban del futuro.
No durmieron. A la mañana siguiente, cuando los huesos y la piel les dolían por el piso de cemento, se fueron cada uno a su habitación y, más tarde, salieron a sus trabajos.
Así pasó un lapso de tiempo que objetivamente podrían haber sido sólo unas tres o cuatro semanas. Pero el tiempo para ellos dos fluía como una alfombra mágica sin una velocidad definida. Al volver del trabajo y luego de comer, se sentaban en el jardín a charlar con Cristina fumando un cigarrillo, o tomando su té salvador. A ella le gustaba compartir un rato del aire nocturno de comienzos de verano con su sobrino y su hija antes de irse a dormir, aunque su marido se acostaba temprano. Pero cuando Alejandra y Martín se quedaban solos, la emoción les subía desde el estómago, y tardaban en acercarse asegurándose de que ya nadie quedaba despierto, como los chicos.
Y las noches en la cochera pasaban, pareciéndoles un sólo instante cuando los gorriones empezaban a cantar en la arboleda y el día entrando por la ventanita los separaba. Arrastraban sus ojeras sin poder disimularlas, y nadie parecía darse cuenta de lo que ocurría.
Pero Pablo, que fue el único que percibió la sorprendente vitalidad de su hermana, también fue el único en notar un mediodía su expresión desencajada. Alejandra intentaba preparar el almuerzo en medio de un lío de huevos rotos y leche derramada. Las manos le temblaban y dejó caer una taza cuando él entró en la cocina a saludarla. Estaban solos. Ella no resistió, soltó el llanto y le contó que estaba esperando un hijo. Pablo la abrazó, la consoló como a un chico que perdió un juguete —porque no sabía de qué otra forma hacerlo dada su inexperiencia para relacionarse con su hermana—, pero le prometió ayudarla. No le preguntó quién era el padre por no importunarla, y porque creía estar seguro. Y Alejandra supo en ese abrazo que él lo sabía.
—Quiero tener este bebé, por eso lloro.
—¿Martín lo sabe?
—Sí. Él también lo quiere.
Primo y prima soportaron juntos las escenas de comedia de enredos que supieron que venían a continuación. Cristina hizo un esfuerzo por comprender, apelando a su mente abierta a los cambios históricos y generacionales. Pero la mayor parte de su energía se le iba en tratar de calmar a su marido, que fue inflexible: una noche, después de dos días de peleas, les pidió que se fueran.
—Como si eso cambiara en algo lo que le molesta —le decía Alejandra a Martín mientras mudaban las pocas cosas que se llevaba (él no se llevaba nada; sin nada había llegado y se iba con lo único que le importaba).
Durante algún tiempo vivieron en una construcción en la parte de atrás de la casa de Pablo y su familia. Se querían, todo tenía que salir bien. Martín le cantaba canciones a la panza de Alejandra mientras ella cebaba mate, pero era tan desafinado que ella, tentada de risa, le pedía por favor que no lo hiciese. Se reían de muchas cosas que pasaban a su alrededor, como, por ejemplo, de los escrúpulos de Pablo con respecto a la vida que llevaban. “No tienen un proyecto”, decía a veces, “¿Y qué es un proyecto para vos? ¿La base de todo el asunto?”. Pablo hacía un esfuerzo por ser hospitalario y no intervenir; con Martín no se llevaba mal ni bien (se podría decir que coexistían), pero no conseguía dejar de tener un poco de miedo por su hermana.
La esposa de Pablo rara vez aparecía por el fondo, excepto para avisarles cuando tenían un llamado telefónico. Pero Alejandra solía ir a su casa por la tarde, cuando dejó de trabajar, a jugar con su sobrino. Su estado la volvía “más maternal” con otros chicos, decía.
Pero después de un tiempo Martín empezó a estar raro: olvidaba cosas y le costaba dormir. Al principio fue solamente eso. Pero después se quedaba mirando un punto fijo largo rato, sin ver realmente; cuando la voz de Alejandra preguntándole qué pensaba lo hacía reaccionar, él no sabía qué contestar: sentía que no pensaba en nada y por más que buscara, las ideas se le escapaban.
Empezó a cabecear en el trabajo y rendía poco. Le hicieron una advertencia. Una noche en que hacía el amor con Alejandra —lo hacía en este tiempo con una desesperación y un desenfreno posesivos nuevos, o al menos diferentes en él— dijo unas palabras en un idioma desconocido (incluso, según aceptó más tarde, para él), y con un grito apenas ahogado abrió los ojos, desorbitados, y cayó de espaldas sobre el colchón. Respiraba con esfuerzo y a Alejandra le costó trabajo tranquilizarlo. Pero cuando esta situación empezó a repetirse ya no fueron suficientes las palabras dulces, los besos en los ojos, o los pechos cálidos donde descansar la cabeza.
Alejandra comía cada vez menos. Tampoco ella dormía bien, atenta a los movimientos de Martín en la cama. Y durante el día se encerraba dentro de sí, no hablando casi con nadie. Pablo la convenció de ir al médico (estaba en el octavo mes y no había vuelto a ir a sus controles); se había debilitado mucho y el bebé no estaba seguro.
Martín perdió su trabajo. Alejandra, viendo que no reaccionaba, no aceptaba ayuda (sus ausencias eran cada vez más largas y no parecía querer volver de donde estaba, y menos aun hablar de un tratamiento) y se alejaba cada vez más hasta que demostró no saber o recordar qué historia y qué presente los unía, decidió dejarlo. Aunque no sin esfuerzo, sabía que podría vivir sola.
Pero “decidió” no es la palabra exacta. Esperó unos días, buscando el mejor momento para hablar con él (si ya no una solución milagrosa que los llevara en otra dirección). Y en una de esas mañanas, despertó en medio del silencio: en una de esas bromas que la vida hace a veces Martín se había ido. Sin nota, sin equipaje; nada había traído, nada se llevó —y quién sabe qué era lo único que le importaba esta vez—.
No volvió a aparecer. Alejandra lloró, pero sólo antes del parto —al menos después nadie volvió a verla llorar por Martín—. Su hija creció sana y fuerte y para satisfacción de su familia era igual a su madre.
Pero siempre que ella la observaba apilar en una torre sus juguetes de peluche, sabía que, en algún rincón oscuro y secreto de sí, esperaba una cálida presencia familiar detrás de su puerta.
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