LA ULTIMA FUNCIÓN

    Buenos Aires, 1998

 

—¿Dónde está mi máscara?

Estas palabras en forma de pregunta las pronuncia una mujer que ya no es joven. Lleva un vestido demasiado ajustado para su salud, que le da el aspecto de un extraño animal cambiando de piel. Se mueve en la pequeña habitación como si fuera un gran loft, creyendo así dar a entender a todo el mundo que eso sería lo que le corresponde. Algunos piensan que es patética, pero en realidad muchos piensan muchas cosas. Ella piensa en su máscara de momento perdida, como en cualquier otra cosa que se presente, porque tiene miedo de algo que está por aparecer en su mente desde hace algún tiempo.

—¿Alguien vio mi máscara? —vuelve a decir, esta vez gritando.

Luis se asoma por la puerta del camarín con la máscara de la Muerte en una mano.

—¿Por qué no me preguntaste a mí en primer lugar?

La mujer la agarra con brusquedad y casi la tira sobre la mesa. Luis, el maquillador, que es joven e impaciente, la mira a los ojos en el espejo.

 

Juan ha barrido el escenario y los pasillos, luego de pasar cuarenta minutos levantando de entre las butacas los papeles de caramelo y los programas pisoteados. Ahora se sienta sobre un gran cajón de madera entre los trastos apilados en un cuartucho en desuso. Desde allí tiene vista a lo más vivo y muerto del teatro. Sombreros y vestidos llenos de larvas de polilla, pedazos de un living o un bar de escenografía, viejos carteles que asoman su cara detrás de otros viejos carteles despegados y montones de madera y latas de pintura seca se acomodan al azar en ese sitio, donde la calefacción calienta más. Y desde allí puede ver a los actores, nueve personas que en este momento se pasean alternativamente de un camarín a otro.

Juan aprende sus caras. La finura de los labios de Martina, la más joven del elenco; los bigotes nerviosos de Enrique, al que todos llaman Quique, incluso los periodistas que rondan a veces con ese derecho que creen tener de apodar a todo el mundo, como si fuesen amigos de la infancia; el gesto agudo de las cejas de otro actor joven, que se arquean hacia abajo cuando intenta concentrarse. Pero sobre todo, el rostro que Juan conoce es el de Elena. Esa cara limpia debajo del maquillaje llamativo, una boca dudosa y esos ojos. Ojos que tratan de ocultar lo mucho que han visto, que se vuelven más negros cuando miran un espejo, ojos que para Juan resumen todas las esencias humanas. Y que florecen entre las arrugas recordándole la primera vez que vio un pollito romper un cascarón. El desea que una noche la máscara de la Muerte se rompa, se desvanezca, y esos ojos lo miren desde el escenario.

      

Hoy es la última función. La obra ha cumplido su ciclo vital y el dios de las grandes ciudades exige que se levante. Todos lo saben desde hace un mes, pero es Juan el que cuenta los días hasta hoy. Martina incluso se había olvidado. Está ascendiendo en su carrera actoral, y esta pieza fue solo un escollo que obligadamente debe sortear, y desea llegar al otro lado cuanto antes. Juan escucha su exclamación sorprendida cuando Luis, le pide que no proteste por el maquillaje, ya que es la última vez.

—Bueno, pero eso no quita que me moleste el olor de estas cosas.

Elena pasa en ese momento por la puerta del camarín llevando unos zapatos en su mano. Se detiene unos momentos y escucha lo que ha dicho Martina. Juan sabe que va a contestarle con alguna cansada ironía y aprieta con su dedo la punta de un clavo que sobresale de la madera del cajón en el que está sentado. Intenta adelantarse con la imaginación a las palabras de ella. Pero Elena solamente gira su cabeza hacia Martina y la observa. La observa larga y detenidamente. Juan la mira allí parada en medio del pasillo vacío cruzado por las rayas de luz que salen de los camarines, parada en medio de un polvo invisible con sus pies descalzos y un zapato en cada mano. Y al mirarla mirar y callar, al escuchar ese silencio repentino y terco, frenando su natural impulso de contestar a ese "engendro malcriado" según su propia definición, sabe que algo ha cambiado en esa mujer. 

 

Elena siempre se ha quejado de que su papel no es bueno y tendría derecho a uno mejor. Juan está secretamente de acuerdo con sus quejas. La oyó un día decirle a alguien que el productor había sugerido que era el único personaje para su edad, y se indignó. A él no le parece tan vieja a pesar de que es casi tan vieja como él. Pero, ¿qué es la indignación para Juan? ¿Qué es ese fluir de sensaciones reflejo de las de la propia Elena? ¿Qué hace Juan por ella, para conectarse con ella? Vivir su misma vida. Dar sus mismos pasos, habitar sus mismos escenarios. Durante muchos años, ya no recuerda cuántos, ha vivido en los mismos escenarios que Elena.

 

Una música estruendosa de timbales, magnífica pero sin vida, se deja oír. Están a la mitad del tercer acto. La música avanza y avanza y al llegar al punto culminante se detiene en seco. El ayudante del utilero trepado a unos andamios arroja desde el cielo una lluvia de brillantina negra, al tiempo que se apagan las luces y se enciende un farol seguidor. Encaramada ridículamente en una especie de hamaca giratoria hace su aparición Elena atravesando el espacio del escenario. La luz blanca del seguidor la rodea dando un aspecto tragicómico a su máscara, y al llegar al suelo ilumina también  la cama en la que Martina -o mejor dicho, su personaje- reposa esperando la muerte.

Juan en su escondite detrás del escenario contiene la respiración y cuenta los segundos que faltan hasta la primera palabra de Elena.

—Me llamaste. 

Las palabras llegan retrasadas... unos segundos tarde. Los labios de Martina se crispan e Juan se mira las manos buscando explicaciones.

—Pero yo no quiero morir.

—Yo nunca aparezco sin que me llamen. Aunque aún no lo sepas, vos me llamaste —. Juan percibe el cansancio en la voz de Elena.

—¡Pero solo tengo veintitrés años...!

—¿Qué imaginás que quedará aquí, después de que yo te lleve?

—Yo no quiero dejar a Felipe. No quiero morir y dejarlo solo. Él me necesita.

—Únicamente vos te necesitás, Ana. Felipe aún no me llama, por lo que ves que no va a matarse de pena y soledad.... En... —Elena se detiene unos segundos que a Juan le parecen minutos, y continúa—. En cambio vos has vivido más vidas estos años de las que resiste una persona. No tiene que ver con la edad sino con la intensidad del goce. El goce de lo hermoso y lo terrible. Felipe todavía no ha aprendido a vivir intensamente.

Elena mira el rostro de Martina a través de la máscara, buscando su propio rostro. Todos esperan la próxima acción, las próximas palabras. Pero el tiempo se dilata y la frase final no llega. Juan la pronuncia con los labios esperando que el movimiento en su boca haga eco en la de Elena. Pero ella sigue allí, inclinada, y pareciera que su cara se acerca cada vez más a Martina. El silencio se hace eterno. Del otro lado del escenario el director gesticula nervioso moviendo las manos. Le dice algo a su asistente y una música suave de relleno empieza a sonar tapando las toses del público y el ruido del movimiento en los asientos.

Juan clava sus ojos en los de Elena a través de la máscara que se vuelve transparente. Ella levanta un poco la cabeza y lo mira directo a los ojos. Sin dejar de mirarlo empieza a hablar.

—Nadie sabe que va a morir. La gente no tiene conciencia de la muerte, y por eso no vive. Flotan todos a unos centímetros del suelo sin disfrutar del poder ser la única persona sobre la tierra. Y en el momento de experimentar la muerte ya no pueden renegar de sus dioses, y aun menos alabarse a sí mismos. 

Hace una pausa, volviendo a mirar a Martina.

—Ahora tenemos que irnos, Ana.

El dispositivo que las levanta a las dos por el aire se acciona y suena la música correspondiente. Entra en escena Quique-Felipe con las manos extendidas para comenzar su monólogo. Con el cuarto acto terminará la obra.

 

Las manos de Juan se encuentran viejas y cansadas. Han sido sus compañeras de trabajo a través de cientos de escenarios de la Argentina e incluso algunos países de Latinoamérica. Son manos que nunca le duelen, nunca se quejan. Solamente le duele a Juan que no hayan podido crear, que no tengan vida propia y estén atadas a un hombre que sólo corre desenrollando esa especie de ovillo a veces caliente, otras helado y seco, o flotante e inasible que es la falta de voluntad propia. Al menos eso sería lo único que Juan puede decir de sí mismo.

 

En la sala sólo queda Luis el maquillador, que ha venido por un momento buscando algo olvidado que no encuentra, para volver a salir. Los actores deben haber terminado de cambiarse y saldrán por el pasillo lateral hacia su noche llena de felicitaciones y miradas compasivas. Juan quisiera estar en el cuartucho para poder observarlos y ver su partida. Pero hay algo que lo retiene allí en la sala, tal vez la fuerza de la impronta de esos ojos. Y también el hecho de que aún no ha terminado la limpieza que generalmente hace de manera veloz. Sus manos juguetean con el trapo mugriento sin poder avanzar hacia algo.

Unos pasos en su espalda, seguramente otro olvido. Juan mete el trapo en el balde en el momento en que Elena dice:

—Buen final.

Juan levanta la vista y ella se sienta en una butaca cerca suyo. 

—Siempre me pregunto cómo será verme a mí misma desde este lado.

—Yo siempre la veo desde el escenario.

—Y ya no me gusta lo que veo. — Se queda un momento en silencio mirando a Juan, y agrega: —¿Siempre estuvo detrás del escenario?

—Detrás... De este y de todos desde la segunda función de "Ilusión", en Carlos Paz... 

Algo de misterio se ha quebrado ahora para él.

—Pero...¡eso fue hace más de diez años!

La mirada de Elena se ha vuelto conscientemente hacia él. Está hablando de ella y de él. 

Juan al ver esa mirada se descubre desnudo, y no queda nada por hacer. Pero, de una rara manera, su propia desnudez lo atrae.

—¿Qué es lo que hace? ¿La limpieza del teatro?

—Sí. Y no sabe las cosas que pueden encontrarse entre lo que tira la gente. Yo siempre reviso todo.

Elena mira en el piso los programas de la obra rotos y pisoteados. Juan no deja de mirar sus ojos que se oscurecen y se mueven en lo profundo.

—Veo mi foto en ese papel y es así como me siento. —Hace una pausa—. Me di cuenta de algo que no quería...

—...esta noche, desde el comienzo de la noche... —tienta él.

—...algo que me estaba rondando...

—...una idea que apareció cuando se miró al espejo con la máscara en la mano...

—...y que se aclaró en la frase final de mi actuación.

—A usted no le gusta ese parlamento... —Juan se detiene; piensa que ha ido muy lejos. Pero no le importa. Y a Elena parece no importarle tampoco.

—Siempre me desagradó, tan chato, tan obvio. Como yo. Como toda mi historia. Viví pretendiendo algo que odiaba en las actrices como Martina; un reconocimiento que de hecho tuve siempre, pero que no me correspondía. —Piensa un rato en silencio, mirando las manos y los ojos de Juan, alternativamente—. Estoy vieja. Y soy una mala actriz. Siempre lo fui. Es curioso que nunca se me haya ocurrido hasta ahora. O que no lo haya visto tan claramente.

—Pero usted no es mala actriz... —Juan lo cree sinceramente, pero siente incomprensiblemente que Elena también tiene razón. Y le duele su dolor—. Yo la quiero. —Le parece que esto último lo dijo casi en silencio, como cada párrafo de la obra que repitió en las bambalinas del escenario.

—Igualmente ya era tiempo de cambiar. ¡Me quedaron tantas cosas por hacer en todos estos años...! —Vuelve a mirar a Juan—. ¿Dónde vivió todo este tiempo?

—En los escenarios. —Juan se levanta y sube al tablado por la escalera central. Todavía hay una débil luz que ilumina la cama de Martina y la hamaca voladora. Se acerca a la cama revuelta, estira las sábanas y se sienta en una punta—. Aquí.

Elena se acerca a él sentándose en la otra punta.

—Dormí en las escenografías; cada noche fueron mi propia casa.

Se quedan los dos en silencio. Miran las butacas vacías, la oscuridad y el negro silencio.

—Elena, hay un bar al que siempre voy, que quizás te gustaría...

      

En medio de la penumbra Luis vuelve a la sala y finalmente encuentra aquello que había olvidado. Al levantar la vista los ve salir y sonríe en la oscuridad.

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