SUEÑO DE PRAGA

     “Esto parece Waterloo”, dijo para sí misma. Miró el vidrio roto, el café derramado y seco sobre la mesa, la cama sin sábanas. El sol caía blanco sobre el desorden pegajoso de la habitación y ella sentía los ojos ardientes y la boca pastosa.

No podía recordar cuánto había tomado ni cómo había hecho para volver. Calculaba que él habría regresado cerca de las siete y se había vuelto a ir para no tener que soportarla, como solía decir.

Mientras recogía un par de libros, sus fotos y algo de abrigo, pensaba cuánto hacía que estaban así; que ella estaba así. 

Salió y dejó la llave adentro. Quería caminar, aunque estaba cansada y le dolía el cuerpo. La calle estaba helada. Sin saber por qué, no recordaba París en otra estación que en invierno. Parecía como si siempre hubiera sido así: gris, blanco y rojo.

Se cerró el saco hasta arriba y bajó por el boulevard de Beaumarchais. 

Las caras de la gente se borraban cuando las miraba. De goma, de pluma. Pensó en plumas; plumas blancas y esponjosas de algún colchón.

Pasó de largo por el café L’Elephant, y volvió atrás. Entró por la puerta de vidrio, que reflejaba como los ojos de un idiota el cartel de Harley Davidson. Sintió que todos eran un poco idiotas, incluyéndose ella misma. Se sentó con su saco de idiota en la mesa más idiota de la pared. Mientras miraba la máquina de café dorada y roja, se acordó de un tren eléctrico que había tenido de chica. Era el único tren que le había pertenecido. En todos los otros en que había estado se había sentido algo así como un equipaje, un bolso de mano. Aunque no; una vez recordaba haber hecho un viaje para sí misma, en el que dejó de ser otros y fue ella. Duró poco, eso sí. Al llegar a París había vuelto a ser la de siempre.

 

—¿Qué va a tomar?

Reaccionó y pidió un café y un paquete de Gauloises. Antes de darse cuenta estaba tomando de la taza. Era bueno. A pesar de ser estúpido, L’Elephant siempre la trataba bien.

En una servilleta empezó a escribirle una nota de despedida a él, y pensó en volver y pasarla por debajo de la puerta. La terminó, la arrugó y se la metió en el bolsillo. Dos chicos estúpidos de resaca y de sueño la miraron sin expresión. 

El lugar se achicaba y se llenaba de gente. Mirándolos, supuso que era domingo. Pagó y salió al boulevard.

 

Entre combinaciones de metro y caminatas llegó a la estación. El billete era abierto, así que fue a la ventanilla a validarlo. ¿Cuánto hacía que lo había comprado? ¿Sabía él que lo tenía? ¿Cuántas veces había viajado con él en tren? Demasiadas; y él nunca había tenido interés en el viaje ni en ella.

Sí, claro, la había querido, la había deseado; había querido viajar y estar con ella. Pero, lógicamente no la había amado. “¿Por qué lógicamente?” se dijo. “Bueno, yo sabía que él no podía amarme; y como yo sí lo amaba no me importó”.

De pronto, le parecían dos cosas tan distintas que ni siquiera se parecían en algo. 

Y supo que el amor era sólo maldito aire. Y para maldito aire tenía por seguro el que ella respiraba.

Y sintió que era más que suficiente.

Sabía que en Praga conocería gente. Y tal vez pudiera retomar su carrera. Pero no le importaba demasiado, sólo quería respirar. Y el asiento era cómodo y el traqueteo la durmió.

 

Y nunca despertó. Porque dormida era la única forma de estar despierta para ella. 

Y vivió en Praga; y muchos años después volvió a París, para volver a irse luego de unos días: le parecía increíble que la gente siguiera despierta.

Regresó a Praga, la ciudad del sueño. Y durmió hasta su muerte.

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