SOLO LOS CUERPOS

     Sol. Era un sol para todos. Siempre dispuesta. Aunque ensombrecida, siempre dispuesta. Su vida vacía se abría como un jazmín cortado en un vaso de agua para que la olieran. Para que la deshojaran y la secaran. Y nunca se quejaba. 

Caminaba bajo el sol y la sombra del día, y ambos le gustaban. Caminaba bajo la sombra y la luna de la noche, y ambas la hechizaban.

Sol sabía cómo seducirte. Tenía sus armas ocultas a flor de piel. Las alas negras que se movían tristes en sus ojos. La arena dorada cubriendo sus huesos y su estómago. Todas las curvas de todos los paisajes, torcidas, hermosas y hasta rectas; gordas como el pan de azúcar y planas como las playas del faro. Sol, y su pelo que hablaba, por delante y por detrás de su cara.

Sol, clara y oscura. Misterio aclarado, seguridades viviendo como dudas. Toda ella sin respuesta.

  

La conocí de una forma casi normal, amiga de un amigo. Pasó un tiempo. Nos dimos unos besos borrascosos en una calle de Monserrat, en un momento entre puteadas mías y sus ojos llorosos. ¡Qué mal estaba yo! O qué mal me sentía. Abandonado, despechado, buscando. Y la encontré a ella y quise aplacarme. No presentí ni por un momento su dolor morisco apareciendo en su transpiración, en sus ojos. Nos gritamos. Cada uno habló de sí mismo; yo más que ella. Volvimos separados al bar de turno donde esperaban los amigos. La molesté un poco en el camino de vuelta porque yo me molestaba.

Había olvidado todo esto. Había olvidado cómo me enojé con ella sin conocerla.

Ahora nos volvimos a encontrar. No es que no nos hubiéramos visto: nos vimos durante dos años en un montón de ocasiones, y aprendí a acercarme a ella aún siendo una desconocida. Ahora que es verano en Buenos Aires, febrero, como dice esa canción que ella canta, se encuentran también nuestros cuerpos. Y yo no puedo asir su espíritu. Se me escapa algo que es ella, mucho más que la persona que muestra. No intentaba acercarme demasiado, te digo; nos vemos lo bastante seguido como para no intentarlo.

Pero el otro día me habló. Me habló como a una parte de sí misma que conocía muy bien. Acostada boca arriba, sintiendo las olas de calor y viento que se metían por la puerta de mi cuarto sin pedir permiso, me dijo esto:

“Yo me aferro a los cuerpos. Los agarro con todos los miembros. Los abrazo, los caliento, me recuesto en ellos. Me referencio en lo físico, en lo corpóreo; y a veces no puedo soltarlo. Porque es la única compañía que conozco. Nadie me conoce, nadie sabe de mi espíritu. Lo tengo guardado, quién sabe por qué.

Y soy muy distinta a mí misma.

Es por eso que me cuesta soltar lo que dura tan poco, como la pasión, como la piel de otro, que es lo mismo que la mía, o que me completa.

No tengo para mí otra cosa que los cuerpos de otros”.

 

Por eso te cuento esto. Porque sé que nunca voy a conocerla, nunca voy a alcanzar nada de ella. Y tampoco sé si quiero hacerlo. Pero esto me revela de dónde proviene la angustia de toda una vida; la de ella, la mía. 

Es terriblemente claro.

Y estoy solo.

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