FEBRERO, UN DÍA
Se había levantado tranquilo una mañana muy calurosa, pero por lo demás -o por eso mismo- corriente. Tenía suficiente trabajo pendiente para quedarse en casa y no tener que enfrentar el sol.
“No me gusta el sol”, piensa Adolfo, y se sienta en su pequeño escritorio del balcón, apoyado contra la pared. A su derecha tiene la ventana de vidrios esmerilados -le hicieron un cerramiento al balcón, de mutuo acuerdo, él y su esposa; a ella sí le gustan el sol y la gente pero no le molestó la idea-, a través de la cual el cielo parece una mala acuarela o un garabato de chicos. Desacomoda los croquis empezados, para poder verlos bien; dibujos rápidos y llenos de fuerza, su vista y su pulso aún son buenos.
Trabaja más de tres horas, casi sin parar más que para tomar un café. A mediodía imagina que su esposa estará almorzando con sus compañeras de trabajo en un ambiente refrigerado, cada mediodía la misma imagen. Se prepara una tortilla de papas y vuelve al balcón. Y entonces, al sentarse al escritorio, escucha el ruido del agua corriendo y cayendo en la rejilla. Hace días que no lo oye y le da una súbita punzada, dulce y ansiosa al mismo tiempo. Con un pedazo de tortilla en la boca apoya el plato y se endereza, entreabre la ventana corrediza y se acomoda para ver: ahí está, en medio del patio. Primero ve su pelo largo y su espalda, está agachada. Adolfo ha hecho muchos cálculos, debe tener veinticinco años, no más; ahora se levanta con la manguera en la mano y se moja de la cabeza a los pies, girando lentamente.
Adolfo tiene calor; le gusta el calor, aunque no el sol. Ella acomoda dos sillas enfrentadas y se recuesta cerrando los ojos al sol y tirando hacia atrás el pelo empapado. El termina de tragar el bocado que se hizo pastoso contra su paladar, y espera. Espera cinco minutos hasta que ella se levanta a correr las sillas hacia el pedazo de su patio que va ganando el sol. Y entonces mira hacia arriba con los ojos abiertos. Adolfo sabe que mira el cielo, y no a él, pero se estremece; él está para ella cerca del cielo, en un quinto piso o en los sesenta y cuatro años. Se retira a medio paso de la ventana, a donde ella no pueda verlo.
Ella suele poner música y cantar encima mientras fuma un cigarrillo. Pero hoy solamente fuma. Así pasa un rato que pudo ser una hora, a juzgar por lo fría que está la tortilla; una hora de sus muslos bronceados y sus pies sobre la silla marcando el compás de alguna melodía interna; de su bikini negra que le provoca a Adolfo una variedad de sensaciones que van desde la excitación más pueril hasta la angustia más inexplicable, y de su cara redondeada -como su pecho- que le da paz.
Pero la paz es como la felicidad: algo a lo que se cree que se llegará; los pocos momentos en que está no se la ve, y siempre se cree que al cabo nunca está. Así que al cabo no está tampoco para Adolfo: empieza en ese momento la pelea recurrente, casi cotidiana, de los del quinto piso del edificio de al lado. Primero no se entiende nada, luego algo como “ustedes me fundieron” y los gritos de uno de los nenes. Adolfo se asoma a la ventana; ella, abajo, se endereza en su silla plástica y mira hacia arriba, aunque ahora no más al cielo. Por un momento parece que todo va a calmarse, pero la disputa recomienza, esta vez más fuerte.
“¡Los odio!” grita el marido de al lado, “A todos, son unos hijos de puta.”. La esposa de al lado sin salir contesta algo ininteligible con su voz característica, ronca de tanto gritarles “basura” y “porquería” a sus propios hijos, supone Adolfo. Uno de los nenes está parcialmente escondido entre la ropa colgada en el ténder asomando su cara entre dos barrotes del balcón. Mira hacia abajo sin moverse; nadie en las ventanas de los edificios cuando la cosa se pone muy fea. La pareja grita, grita, aúlla. El otro nene –al que Adolfo no puede ver- grita “No, papá...”. El marido sale al balcón, un hombre mayor que él trata de detenerlo, la mujer grita que él no sabe dar, que cuando se quiere no se reclama lo que se da, y que se cansó de laburar como una burra limpiando su mugre.
Ella, abajo, se puso de pie con las manos en la cadera y se lleva una a la cara. El marido de al lado, arriba, se asoma a la baranda por encima de la cabeza de su hijo. La mujer sigue adentro y se oyen golpes. El otro nene que llora, que gime. Cuando el marido, gritando en el silencio del mediodía revolea una pierna por arriba de los barrotes, ella, abajo, entra a su casa. Adolfo la ve del otro lado de la puerta-ventana usar el teléfono; está temblando. Uno de los hijos grita “Por qué, papá...”. Pero el padre -Adolfo quieto, mudo, no creyó que se animaría, pensó que era sólo teatro, del peor- no lo oye, gira su cuerpo, saca la otra pierna y se tira. La mujer sale al balcón transfigurada. El hombre mayor la detiene por el brazo. El nene, el de los barrotes, sigue mirando hacia abajo.
Ella, abajo, mira con el teléfono en la mano el cuerpo del hombre en una posición absurda, y la sangre que sale de su cabeza y que el sol empieza a calentar sobre el piso de su patio.
Ella y la amiga con la que comparte el departamento se mudan del edificio (ella se fue y Adolfo se quedó con un doble vacío, después de todo). “Qué otra cosa podían hacer”, le dice luego Adolfo a su mujer. Pero su mujer no quiere mudarse; ella no estaba, no vio nada. Sale a trabajar.
Adolfo corre el escritorio al lado opuesto de su balcón cerrado. Entreabre la ventana, mira las nubes cargadas de electricidad y piensa que definitivamente no le gusta el sol.
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