PERFUME

    Su olfato no fallaba: era Pedro. 

Su olor de mar azul, y oscuridades casi verdes llegó en un instante al lugar donde se encuentra la memoria. Automáticamente, la fuerza que naturalmente se opone en algunos casos trató de disipar el recuerdo. En vano: ya estaba allí. Así que no quedó otra que aceptar que era él, que estaba cerca y que estaba muy cerca.

Siguió caminando sin apurar el paso, cerrando -como si se pudiera- la nariz. Le quedaban varios metros para llegar a la entrada del edificio y rogaba por llegar a salvo. ¿Por qué debía defenderse de sí misma? Recordó que dicen que esa es la lucha más difícil de ganar, porque el enemigo está adentro. Pero ya estaba cansada de luchar... quería rendirse.

A mitad de camino, el aroma volvió a aparecer. Ya no pudo defenderse, estaba a su lado; Pedro estaba parado al lado de ella que sin darse cuenta se había detenido. 

No tuvo que levantar la mirada, pero lo hizo para encontrar allí el color de las estrellas negras de su memoria, sus ojos directos hundiéndose en ella. No habló, solamente miraba. La miraba, y ella también calló. Siguió sus ojos por la vereda hasta la esquina. Dieron la vuelta, cruzaron la calle y entraron en el auto de Pedro. 

Había peleado tanto hacía tiempo, había logrado olvidar. Quién dice. Había dolido y había curado. Eso era lo que recordaba de la historia. Eso y su perfume, su olor agreste de hombre para ella. Su matrimonio como tantas otras cosas había tambaleado, y se aferró a lo que le quedaba para vivir sin miedo, sin tristeza. Y no quiso dejar eso. No había querido separarse de la calma luego del terremoto.

Y aquí volvía. Sin permiso entró por su olfato y la arrebató.

Y dejó todo atrás. 

Tal vez por un solo momento, como todo en la ciudad.

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