YO HABIA DEJADO DE CONTAR HISTORIAS

Arraial do Cabo, 08-02-2002 


Yo había dejado de contar historias. A mí y a los otros.

Y ahora estaba escuchando el chasquido de las olas suaves entre los botes junto a la vereda de piedra, desde la ventana, con la cortina cerrada en medio de la noche de carnaval.

Afuera, las voces de la gente, la noche y el mar. Adentro, el rumor suave del hombre acostado de espaldas a la lámpara.

Yo había dejado de contar historias. Se habían ido. No sonaban las olas en la distancia ni las manos entre la arena. No había sonidos de pasos. No había escaleras ni puertas, ni grandes ni chicos, ni sueños, ni cielo, ni siquiera rumor en mis historias.

No tenía más historias.

Había caminado calles y ciudades. Y tocado pieles, y me había asomado a algunas almas con vértigo. Había tenido manojos de palabras para describirlo. Nudos de letras que se desenvolvían y hacían palabras, que hacían otras y también oraciones. A veces eran nudos lentos y cálidos que daba pena desentrañar. Otras eran vorágines arrasadoras que me pisoteaban. A mí, a mi calma, a veces a mi sueño.

Pero siempre venían las palabras.

Hasta que el niño se fue de mi vida. Y también un tiempo después, porque aún entonces seguí buscando palabras. Pero solo por un tiempo más, hasta que finalmente se fueron de mi boca y de mis manos.

Pasó tiempo. Mucho más que el que le toma a un gatito aprender a cazar y enseñarle a su propia cría a hacerlo. Más que el que le lleva a una persona tomar una decisión. Un segundo o años.

Y ahora el sonido estaba ahí, detrás de la ventana.

Afuera y adentro había sonido.

El mar y el hombre.

Estuve preguntándome si habían sido mentiras. Si yo había hablado, si había callado de verdad. 

Me pregunté por el silencio. Por el ovillo de mi propio silencio. 

Quise saber si había sido mío. Si había sido real.

Y encontré sonido.

El hombre y el mar.

Y las palabras.

 

Comentarios