SENTADA FRENTE A LA VENTANA
Buenos Aires, 22-04-2000
Sentada frente a la ventana, no supe qué era lo que no quería. Todo se me aparecía como el naranja de los bosques, y mi lapicera estaba inmóvil.
Vino el viento noches antes, entró en la casa y allí estaba, siempre el sonido de lo que se mueve. Pero nada en mí se movía.
Escuchaba el vía crucis en el Coliseo, en muchos idiomas, como si fuera mi propio pensamiento. Pero no eran las palabras lo que oía, ni la música. Sólo escuchaba el sonido humano que me parecía tan conocido pero tan lejano. Aunque ya muchas veces me había pasado, eso de caer en un largo sopor estando despierta, y no poder pensar en algo, ni impedir al mismo tiempo la entrada de los pensamientos en mi mente, que no pedían permiso.
De alguna forma me preguntaba por qué. Por qué querer pensar y no poder dejar de hacerlo. Si yo lo que quería, según me parecía sentir, era encontrar respuestas, y escribirlas. Todo en la vida me había enseñado que para encontrar respuestas, no es necesariamente el mejor camino hacerse preguntas. Cualquiera hubiera argumentado en mi contra, tantas escuelas psicológicas pregonando el beneficio de preguntar sobre el pasado, a padres y madres, a recuerdos y olvidos. Pero para encontrar olvidos sin buscarlos se mira por la ventana, me decía yo.
No había forma de estirar una imagen a través de la mano y convertirla en palabras, en ese camino altamente doloroso que implica una tan conocida renuncia de lo que se siente. En cada arte, cual más cual menos, existía ese renunciamiento.
No había forma de estirar una imagen a través de la mano y convertirla en palabras, en ese camino altamente doloroso que implica una tan conocida renuncia de lo que se siente. En cada arte, cual más cual menos, existía ese renunciamiento.
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