EL CÍRCULO DE CARLOS
Carlos. Qué nombre, perdió su sentido de tanto repetirlo, ya no es ni su nombre mientras simplemente sus pies son los que se mueven en aquella habitación en la que no quedan espejos porque perdieron su primigenia y bien otorgada función. Finalmente, todos y cada uno somos responsables de cómo llevamos nuestra vida, y cuando no queremos hacernos cargo podemos lograr, cualquiera de nosotros, provocar la situación extrema en la que realmente ya no seamos responsables.
Carlos sabe que eso es cierto y que en realidad no es así, todo es una mentira porque no se puede soportar el miedo; él no soporta a los que tienen miedo de vivir, miedo de todo, como él. (¡Qué triste es “Mercedes Benz”!).
Se siente en cierta forma culpable de lo que le pasó a Eduardo, él lo presagió. Menos de un año antes de que todo empezara, al menos a exteriorizarse. Hubo un par de canciones que escuchó, un cuento que ella le leyó en la sala de espera del hospital cuando se dio cuenta de que él jugaba con la idea de la locura, cuando ella fue la única que aun sin decirlo claramente se atrevió a notar que la línea que separa las dos realidades es muy fina y se la puede ir tensando a antojo durante el tiempo que se crea necesario.
“Nunca digas loca”; ella con su voz generalmente monocorde, susurrando suave y marcadamente en su oído cansado de incomprensión, modulando como él no se hubiera imaginado las voces de los personajes, que eran tres y que estaban saltando a la cuerda con sus vidas. En aquel momento todo aquello, aunque lo ayudó a pasar la noche en la guardia, le sonó irreal; comprendió y agradeció que, con su padre en la habitación de al lado al borde de la muerte, ella quisiera hacerle la noche más liviana, o al menos no tan fría. Pero la sensación que le dejó fue más cruda, esa historia sórdida que de clara forma le estaba siendo destinada. Y qué curioso que después fuera su hermano el que sí (se) dijera loco, el que se abandonara de esa forma consciente pero no aceptada a la no responsabilidad de su vida.
Claro, cuántas veces pensó que para Eduardo era muy fácil vivir en ese delirio aparentemente doloroso y dejar que Carlos se ocupara de él, de que estuviera bien atendido, que no sufriera demasiado y de que, entre su voluntad y los médicos, hicieran algo por su restablecimiento. Pero no: ninguna voluntad; ahí está esa especie de planta, que por momentos también es una insoportable tormenta ante la que ya no caben con su fuerza las palabras, los mimos, las manos protectoras ni el alivio.
El alivio siempre para los otros. Nunca para Carlos, no hay que ser egoístas. ¿Pero no era el egoísmo eso que él con grandes palabras de ex adolescente había descripto como algo positivo, para la afirmación del individuo y el encuentro consigo mismo en esta jungla de desesperación? Palabras más, palabras menos; hoy está también seguro de que es así, pero quisiera estarlo más. Quisiera sentir que él también puede abandonarse, relajarse, flotar sin perder la seguridad de que el mismo Carlos siempre estará ahí para acompañarlo, soportarlo, rescatarlo, sufrir con él y llevarlo adelante. Adelante como una mula -un buey cansado también tira hacia adelante sin pensar-.
Y aquellos habían sido días tortuosos, con el calor inagotable de ella repartiéndose entre la lástima, el sentido del deber, el cariño y un inasible amor que se escurría por todos lados, que se dirigía a él, nacía para él, moría en él, pero no por él; un amor inconfesable por ella ante sí misma, ante su propia soledad. ¿Qué más que eso para saber que valía? Y qué más que eso también para sentir que ni siquiera valía las seguras palabras de amor que una mujer puede brindar, el reconocimiento interior de ese amor, para ella. Igual, él qué sabe, tal vez después también ella tuvo miedo, solamente miedo, solo eso.
Pero ahora habría que analizar los indicios, uno por uno todos los indicios de la locura de Eduardo; recordar cada momento en el que dijo algo raro, se sintió mal, atrapado, gritó o rompió objetos… Imposible, tarea infructuosa como los intentos de aprovechar el tiempo; Eduardo siempre hizo todas esas cosas, eso y más frente a cualquier aparente estupidez.
Cuidado con irte Carlos, estás empezando a llorar que no es nada, pero después las lágrimas son gordas y empezás a convulsionarte, te sentís desamparado y todo pierde su color, como siempre te pasó, solo que ahora es malo, muy malo, porque sabés a dónde podés llegar, que es al ningún lugar, donde la desolación es todo, y de tanto no encontrar la salida empezás a no buscarla.
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