LA MADERA DE LA QUE ESTABAS HECHO
Buenos Aires, 20-07-2001
¿Quién fue tu dios en tantos momentos?
¿Cuál era la fuerza superior que si no venerabas tanto reconocías, diciendo por tus palabras, juzgando por tus signos, tus gestos incansables de enorme admiración por lo incomprensible?
Siempre quisiste alcanzar lo desconocido, adentrar la mirada y el dedo que hurga en la carne ávida y cansada y en el alma vieja y niña para el descubrimiento, y rebuscar entre lo oscuro, lo aparentemente imposible, y llegar cada vez más dentro...
Tenías fuerza y tenías dios. Sobre eso no albergo dudas. Pero ¿quién era? ¿Qué era?
Tantas veces me lo pregunto. O recién ahora me lo pregunto.
Quizás un texto de Irving, simplemente reconocido como novela, quizás nunca tan reconocido, me da la suficiente claridad para decir lo que digo. Todos lo tenemos, todos creemos en algo. Vos creías en vos. Yo también. En vos, y sobre todo en mí.
Pero estoy segura de que había algo más.
No creo que algo divino, algo aparentemente intangible, si no extrasensorial. No creo que lo aprehendieras con los sentidos, con la mente, con el cuerpo. ¿Con el alma? Si existe el alma.
Si existe el alma, la tuya está en la mía.
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