NOS ORIENTÁBAMOS POR EL CIELO

Buenos Aires, 25-07-1999

Nos orientábamos por el cielo

en un tiempo.

Solíamos pedir detalles de

la ubicación solar o

el volumen de agua caída

para empezar nuestra jornada.

El grito del reloj era anexo,

nuestro cuerpo se negaba a 

arrancar 

pero el espíritu 

ya estaba en pie

quizás luego de solo una 

mínima hora de paz.

Nuestros ojos solo captaban 

la posible imagen que sería 

plasmada 

luego;

no veían el camino

hasta entrada la mañana.

El frío nos llevaba a 

sacramentar el desayuno 

por encima de toda prisa,

y en esos momentos

hablaban nuestras manos

con nuestras manos 

y el mate perfecto.

En ese tiempo el proyecto 

era realizable como cualquier 

tarea,

procurábamos conocer las

herramientas,

trabar amistad con las etapas

y no perdonar a los resultados.

Un impulso compartido nos

guiaba en nuestra ruta,

levantando primero a cada

partícipe del asunto,

y con una canción en

los labios y el cuerpo

ya todos juntos, hacia el esperado allí.

Éramos tan enormes

como quisiéramos,

que siempre era mucho,

y muy bueno.

Y entonces 

el arribo se llenaba

de primeras específicas 

palabras, 

y aún torpes

movimientos que empezaban 

a afinarse.

La coordinación era cierta clase

de arte al que apuntábamos

y por el que había que

trabajar arduamente

no siempre con éxito.

La marcha era activa

se cerraban puntos.

Y entonces el alimento y

su necesidad se volvían 

concretos.

En ese tiempo,

segundas etapas eran 

preciosas y reconocidas,

aunque no siempre 

las terceras.

Al torcer de los engranajes en las horas 

íbamos alcanzando la puesta

del sol, que en algunos

casos nos devolvía a la ruta

con más expectativas que el alba.

La canción se tornaba más 

arrastrada y densa, pero más

expresiva aun.

Y eran las horas del encuentro,

el análisis y el 

tácito perdón, 

que verdaderamente

íbamos a escatimar.

Nos hermanábamos resaltando

diferencias que ya tarde 

ese día 

limaríamos para

poder volver a despertar

otra jornada.

Y finalmente compartir

aquel trago, 

pocas satisfacciones

comparables.

Repartirnos algún sueño,

sin saber qué nos tocaría 

en suerte esa noche,

y el mejor saludo de despedida,

lleno de amor por nuestras 

vidas.

 

Y ahora que recuerdo

éramos felices,

en ese tiempo.

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